La filosofía se lee en forma interrogativa

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Cuando tenía 17 años pensé que me había vuelto relativista. Fue una noche, después de discutir con mi familia sobre no me acuerdo qué tema, llegué a la conclusión de que nunca íbamos a estar de acuerdo, y de que era mejor parar de reducir la vida a un montón de sentencias y reglas para vivir, porque cada vida era diferente. Y pensé que no había nada más que hacer, que cada quien se las arreglara como pudiera.  Me parecía que por cada frase donde se pudiera acumular un poco de sabiduría, aparecería otra igualmente “sabia” que diría lo contrario.  “Dime con quién andas y te diré quién eres” y en la otra esquina: “El que es perico en donde quiera es verde”. Y las dos me parecían verdad y a la vez contradictorias. Por lo que concluí que ninguna sería verdad, que no existía tal cosa.

Mi época relativista no duró demasiado. Después de repensar ahora, años después, estas cuestiones que me preocuparon, me doy cuenta de que no dudaba realmente de que existiera una verdad Y me doy cuenta entonces de que más que relativismo lo que tenía era pereza. Pereza de trascender esas aparentes contradicciones que se nos suelen presentar. Pereza de pensar en temas difíciles. Pereza de pensar que dependía de muchas cosas, de muchas situaciones distintas, de vidas y de usos.  Es mucho más fácil concluir que da igual, total, el otro no va a cambiar de opinión y yo tampoco, por lo que será que ninguno de los dos tenemos la razón. Es más fácil, pero no más convincente. Si nos quedamos ahí, nos veremos abocados a la incoherencia con lo que pensamos, si decidimos concluir con el relativismo, nos estamos condenando a vivir preocupados por algo que hemos dicho que no existe. Una situación irónica, pasarse la vida luchando contra las verdades predicando  una verdad, defendiendo que todo lo que todos dicen vale igual y discutiendo con su esposa sobre a dónde salir a cenar.

Si rechazamos el relativismo, podríamos pensar que el problema se ha acabado, que hemos decidido que la verdad existe y ya no hay más que decir. Sin embargo, si levantamos un segundo la vista de la pantalla del ordenador y nos damos cuenta de que por ahí existen miles de libertades más, pensando cada una por su cuenta. Y también nos damos cuenta de que la realidad nos excede, que no solo hay infinitas cosas para conocer sino infinitas maneras de conocerlas. Así que el mundo es simple, es como es, pero nuestro acercamiento a él es complicado. No podemos conocer al mundo en su riqueza con un solo acto de conocimiento, por ello es que podemos pensar y reflexionar sobre las cosas una y otra vez, y descubrir algo nuevo cada vez.

Podríamos preguntarnos: si existe una verdad y la podemos conocer, ¿por qué parece que nunca estamos de acuerdo en nada? Creo que la respuesta es que a veces somos un poco exagerados. Solemos estar de acuerdo en la mayoría de las cosas, no nos pasamos la vida cuestionando lo que nos dicen los demás sino que solemos asentir y aceptarlo. Evidentemente, mientras más sencilla sea la realidad de la que hablamos, mayor consenso lograremos y a medida que las realidades son más complejas y profundas, las respuestas empiezan a variar mucho más. Por ello tenemos que hablar más de cosas profundas y menos de la fiesta del viernes pasado. Las cosas importantes son más difíciles de abarcar y por eso mismo no podemos pretender encontrar las respuestas nosotros solos. Debemos entrar en comunicación con el resto del mundo y conversar. Escuchar lo que otros tienen que decirnos, conocer las distintas percepciones de la realidad y pensar. Hablar y pensar, no chachalaquear.  Todo pensamiento pensado merece ser escuchado y repensado.

Y aunque en un primer momento parezca que las discusiones teóricas son inútiles porque “nadie va a cambiar de opinión”, no es verdad, porque habremos contrastado lo que pensamos con lo que piensa otro, y ya tenemos más sobre lo que podemos profundizar.  Estoy a favor de poner mucha confianza en la conversación de la humanidad, siendo lo suficientemente inteligentes para darnos cuenta de cuándo las cosas no van por buen camino. Y saber cuándo las discusiones no van por buen camino, cuándo las respuestas no tienen vocación de dialogarse, en el fondo recae en un conocimiento de las personas, de cómo somos los humanos. Pero eso sí que solo se adquiere conociendo y tratando a la gente, porque las teorías son teorías pero luego en la vida real lo que hay son personas, cada una distinta.

Para terminar, creo que hay dos variables que se nos suelen olvidar y que muchas veces nos acercan al peligro del “yo tengo toda la verdad”. La primera, que el mundo cambia. No siempre ni todo el tiempo ni todas las cosas, pero a veces sí que cambia. Tenemos que entrenarnos para descubrir cuándo hay cambio y cuándo no lo hay, para evitarnos aplicar respuestas que alguna vez fueron adecuadas pero que simplemente ya no lo son, porque las cosas ya no son como eran. La segunda variable, y quizá la que más se nos olvida, es que para algunas cosas y en especial para las más importantes, que son las que tienen que ver con lo más profundo del alma, pueden existir varias respuestas correctas. Una Verdad única e innumerables respuestas correctas ante ella, también algunas incorrectas. Que a las preguntas más importantes, y las más propias de la filosofía, se responde en primera persona. Ninguna respuesta va a coincidir, aunque la pregunta sea la misma. “¿Quién soy? ¿Qué sentido tiene la vida?” Estas preguntas se repiten infinitas veces y se responden otras tantas.

Por eso la filosofía se lee en forma interrogativa, como una pregunta a la vida, una pregunta para mí, para mi vida, donde la respuesta suele ser la vida misma. Ningún buen filósofo que verdaderamente ame la sabiduría pretenderá darnos todas las respuestas. Un buen filósofo debe pretender que con cada frase, el lector se plantee estas cuestiones y ofrezca sus propias respuestas. Que acepte lo que juzgue verdadero y rechace lo falso. Que cuestione, pero no por cuestionar sino por ahondar. Que presente aporías, o no.  En definitiva, que no se quede callado, que continúe la conversación de la humanidad y quizás, si ha pensado bien, acierte en un par de cosas. Y aunque no tendremos toda la verdad, resulta que tenemos vocación de viajeros. Y personalmente, a mi eso me da mucha paz. Podemos caer en la tentación de pensar que la búsqueda es inalcanzable, como que nos acercamos a una meta que nunca logramos. Lo cual es cierto, pero no es frustrante, porque la recompensa la recibimos desde ya en el viaje y no solo al final. Y aunque no tendremos toda la Verdad, la tendremos.

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