Corazón romano

ImageCada día durante una semana me he hecho insistentemente la siguiente pregunta: ¿A qué he venido a Roma? ¿A qué se viene a Roma? ¿Qué buscas cuando vienes a  Roma? Además de encontrar a miles de turistas desorientados y muchos sabores de gelati, en Roma te encuentras con la humanidad. Roma es un reflejo del ser humano, de su historia, de lo que ha sido y de lo que lleva dentro. En una primera mirada Roma  solo desvela lío. Es ruido, y masas y contaminación, y parece que nos perdemos entre tantas cosas. Y visto así, superficialmente, los hombres somos un lío, un enjambre de ilusiones, de deseos, de responsabilidades, deberes y derechos, de roles y papeles en el mundo, de voces que se contradicen pero que son a la vez todas nuestras. Y luego, una vez ya has asumido eso y has acostumbrado los ojos al humo de los autobuses de turismo, te paras, respiras hondo e inhalas un poco de aire romano, y ves lo que hay detrás: la belleza, el arte, también el horror y la crueldad, todo lo que los hombres han llevado en el corazón a lo largo de la historia.

Y me pregunto cómo puede suceder tal cosa. Cómo pudieron construir sus iglesias sobre sus propias miserias. Cómo se pudo elegir a la ciudad donde se vivió la peor decadencia como el centro y corazón de la cristiandad, a donde todo el mundo tenía que volver la mirada. Y la respuesta me llega con acento argentino.

Se han dicho ya muchas cosas sobre el nuevo papa, pero alguien me dijo que aún había un hueco para lo que yo tuviera que decir. El papa es realmente algo nuevo para nosotros, no es ningún secreto que soplan nuevos vientos en la Iglesia. Y Francisco posee lo que nos exige: un corazón joven. Un corazón que se enamora fácil, que no está magullado por heridas pasadas, que sabe entregarse del todo. Un corazón con mirada al infinito, esa mirada que tienen algunos que parece que no miran a nadie cuando en realidad están viendo al mundo entero. Un corazón que sabe perdonar, que sabe querer, con los ojos poblados de vida y el ánimo abierto para ilusionarse.  Un corazón que no tiene miedo. O que lo tiene pero que tiene razones para afrontarlo. Un corazón donde cabe toda la humanidad pero que quiere a cada hombre como al único. Un corazón joven, con ganas de vivir, que no se para a calcular porque sabe que aunque caiga, cae siempre en manos amigas. Y eso es quizá lo único que el cristiano sabe con certeza.

Y es por eso que Roma se construyó sobre banquetes, palacios, y sobre la injusticia romana, sobre templos paganos y sangre de mártires, porque somos así. Porque Roma es del hombre y porque sabemos que nuestras miserias también son tan parte de nosotros como nuestras glorias. Y es por eso que ante Roma no nos queda más que la necesidad de hacernos pequeños, pues nos vemos como parte de algo más grande, parte de una historia que no se acaba con las pequeñas preocupaciones de mi vida, en mis problemas o en mis tonterías, sino que incluye a todos y cada uno de los que hemos pasado por este mundo. Y menos mal. Pero para poder ver esto se necesita perder el miedo al mundo y sobre todo a nosotros mismos, que ya sabemos que somos capaces de las peores barbaridades pero también de alguna que otra cosa que no está nada mal. Para tener un corazón así hay que salir de nosotros mismos, ver más allá de nuestras narices y enfrentarnos con el mundo de hoy. Tenemos que unir nuestras pequeñas ilusiones con la ilusión de la humanidad, de muchas generaciones que han creído en lo que nosotros queremos creer. Y por eso volvemos a Roma, porque en Roma, si nos esforzamos un poco en olvidar el ruido de los autobuses, podemos escuchar las voces de otras almas jóvenes que también supieron salir de sí mismas, y podemos quizá unir nuestros corazones con los corazones de los hombres de todas las épocas.

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