La amistad va de dos

Me ha costado mucho escribir este texto porque creo que desde hace algún tiempo no me había sentido agradecida por la amistad. No le había dado muchas vueltas, me sonaba a charla de adolescentes y a “pastelada”.  Sin embargo, ayer por la noche más que una iluminación tuve un momento de amistad. Había pensado en hablar acerca de querer a las amigas por lo que son, de no sacarles beneficios, pero luego me di cuenta de que nada de eso me parecía importante. Que lo que realmente me hacía admirarme no eran los detalles metafísicos de la cuestión, sino el hecho de que haya personas con las que siempre, siempre, pueda tener una conversación interesante, con las que aprenda cada vez, con las que me descubra a mí misma en mi relación con ellas. Esto sí que me hace removerme lo suficiente como para escribir, y no solo porque existan ese tipo de personas, sino también porque lo característico de la amistad es la reciprocidad.

A veces se piensa en la amistad como sinónimo de amor, y es verdad que en la amistad hay amor verdadero, pero no basta con querer a alguien para ser su amigo, el otro tiene que quererte también y tiene que querer ser tu amigo. Quizás podría sonar más noble si dijésemos que no hace falta que el otro quiera, que es un amor por completo desinteresado, pero en el fondo, la amistad es aquella que  proporciona un beneficio, un placer, pero que a la vez se quiere al otro por quien él es. Aristóteles decía que existen tres tipos de amistad: por interés, por placer y la amistad verdadera que era la amistad honesta, donde se quiere a la persona por sí misma. Pero me parece que es importante comprender que la amistad verdadera no anula sino que incluye las otras dos amistades. Quiero a mis amigas por lo que son pero me admiro de que pueda aprender de ellas, de que haya gente, muy poca, con quien pueda hablar y hablar sin aburrirme, con quienes realmente llegue a sentirme comprendida. No sé si esto estará rayando en las frases de Hallmark, pero es algo así como “almas gemelas de amistad”. No es tan noble como el pensamiento de que cualquiera puede ser tu mejor amigo, pero es más real. Son solo unas pocas personas con las que te encontrarás en la vida con quienes realmente logres esa profunda comprensión, ese click irracional, o quizás íntimamente racional, por el cual dos personas están en la misma página de sus vidas. No significa que estén de acuerdo en todo o que piensen igual, pero sí que buscan lo mismo, que están juntos en una búsqueda y prefieren hacerla en compañía. Quizás baste con un momento, un momento de profunda comprensión, no hacen falta décadas de conocimiento ni saber qué desayunó el otro cada día, sino una intimidad que va más allá, una complicidad que viene no de saber que saben lo mismo, sino de saber que no saben algo y lo buscan juntos. Y, ¿qué puede ser eso que buscan que les une tanto? Solo se me ocurre pensar que no pueden ser tan solo fiestas y pintauñas.

Por último, a pesar de esta cercanía, otro elemento clave en la amistad es que no se posee a la otra persona por completo. Cuando crees que ya has llegado a la cumbre la amistad, con esta conversación, con este momento, te sorprendes. No se agota, porque en el fondo descubres que la persona es inabarcable, insustituible y que no es una cosa, no puedes poseerla. Si la posees, la manipulas y en la amistad no cabe la manipulación. Es por esto que las amistades nunca se dan por sentado, por mucho que sepas que el otros siempre estará ahí no puedes darlo por sentado porque sería manipularla, “objetizarla”.

Esta es la constante tensión en la que se mueve la amistad: el saber que no puede darse por sentada, que requiere trato y cuidado, pero a la vez saber que es para siempre (o que tiene vocación de serlo). Porque más importante que el comienzo de una amistad es saber que está llamada a no tener final, que los verdaderos amigos aunque estén separados en el tiempo están unidos por la eternidad.

 

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