La lluvia huele a nostalgia

Llevo algunos días enferma y sin poder usar mucho mi sentido del olfato, y la verdad es que nunca había dedicado mucho tiempo a reflexionar acerca de los olores. Ahora que me he puesto, resulta que no me sale nada más que olores específicos y asociaciones de momentos, de personas, de épocas a esos olores. Quizás sea porque la única reflexión que se puede hacer de los olores es que  poseen una carga inmensa de subjetivismo y de pasado, una carga inseparable de tardes de domingo y de comidas familiares, de noches en la playa y de Navidad. La reflexión más general que puedo hacer es decir que los olores son detestablemente particulares, son a nivel sensorial lo más cercano a la intencionalidad conceptual. No dejan espacio para reflexionar, te llevan directamente a las escenas.

Como esa mañana de 24 de diciembre, que en mi casa ya es Navidad, que huele aropa de estreno y a peinado de peluquería. Huele a emoción y a familia, con un toque de nervios, porque nunca se sabe lo que traerá este día este año. Hace tres fue un árbol chamuscado, hace cuatro petardos en la chimenea, curiosamente siempre huele a fuego. Huele al perfume de mi abuela y, por muy raro que parezca, huele a mariscos. Y puedo jurar que con todo y el olor a langostino, los 24 de diciembres no podrían oler mejor.

Creo que los olores están tan intrincados en nuestra vida y, más que en nuestra vida, en nuestras confusiones que ni siquiera nos molestamos en teorizar sobre ellos. No nos damos cuenta pero el mundo huele (y huele un poco mal) y la historia de la humanidad también, y nuestra vida, aunque no nos demos cuenta, no puede evitar despedir un olor. He oído que nuestro sentido del olfato percibe mejor los malos olores que los buenos aromas, y será así, pero aunque los notemos menos los olores que asociamos a momentos importantes o intensos, aunque en ese instante no lo notemos, muchas veces no podemos evitar recordar ese momento sin que “ese” olor venga inmediatamente a nuestra memoria. Y casi me atrevo a decir que mi biografía puede construirse con unos cuantos olores, porque mejor que una foto, un olor acierta a unir momentos, imágenes, sensaciones y emociones, e incluso pensamientos, que quedan todos inseparablemente ensamblados. Son mis olores. Más míos que los sonidos y que las imágenes visuales, másmíos que las texturas, porque con un olor vienen todos estos en avalancha.

¿Y cuáles son mis olores? El olor a Navidad y el olor a hora del almuerzo en el colegio, olor a tormenta y a tierra húmeda, olor a río por la mañana y a comida de domingo, el olor a libro viejo, olor a septiembre y a Campus, olor a aeropuerto. Olor a citronela. Y son estos y no otros porque a esto huelen las cosas que más quiero en la vida, las cosas que son mi vida. Mi vida huele a esto, o al menos eso espero. Porque no solo hay olor a “vainilla” y a “canela”, sino que también hay olor a vida y a muerte, a cosas que empiezan y a finales inevitables, el olor característico de la aventura y el nauseabundo hedor del tedio. Y hay olores que huelen a emociones y emociones que huelen a perfume. Y la lluvia huele a nostalgia y, en mi caso, la nostalgia huele a lima.  Image

 

 

 

 

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