Hacer del amor algo absoluto

cafe

No sé mucho del amor y creo que tampoco sé mucho de la libertad. A decir

verdad, no sé mucho de nada. Sin embargo, lo poco que sé me ha hecho

renunciar a un anhelo, un anhelo que sé que es universal y potente: el

deseo de vivir libre de ataduras. Me corrijo: no he renunciado al anhelo, he

renunciado a ver mi anhelo saciado. Porque me he dado cuenta de que

buscar la libertad de las amarras, de sentirse totalmente independiente,

desligado, es irrenunciable a la vez que insaciable. Me he dado cuenta de que,

paradójicamente, no hay tal libertad; es un juego perverso de nuestro egoísmo

que no deja de pensar que las ataduras pueden soltarse, cuando en realidad

no puede hacerse otra cosa que atarse a buenos puertos.

He decidido que quiero querer con todo lo que soy. Y con esto me he dado

cuenta de que buscar el amor y a la vez buscar la independencia, es cortar

la mala hierba, cuánto más la cortas más crece.

Parece que quien ama renuncia a la independencia, pero es que en realidad

no hay tal cosa como la total independencia. Quien ama elige un vínculo, elige

una dependencia total de unas pocas ataduras, amarras fuertes y seguras,

que lo mantienen cerca de donde quiere estar, incluso si eso a veces significa

no poder visitar otras playas. Pero quien no ama, quien no quiere entregar la

libertad, vive atado a playas sucias y mezquinas, que no lo satisfacen pero de

las que tampoco puede escapar, y cuando logra huir lo hace solo para vagar

sin destino por las aguas, sin dirección… hasta encontrase nuevamente atado

a otro puerto en el que no quiere anclar.

Kierkegaard decía que “Cada vez que el análisis quiere asir el arcano del amor,

no percibe sino contradicciones”. Básicamente, el corazón es retorcido, es

complicado y necesita entregarse para realmente poder tenerse. Pero es aún

más retorcido si no decide entregarse a nadie, porque entonces se desparrama

y se desperdicia. Amar a alguien es una forma de hacerse frágil, de poner

todos los huevos en una canasta y decirle al otro: “esto soy yo y lo pongo todo

en ti”. Es el misterio de la confianza, de la entrega sin reservas que posibilita la

única libertad. El amor es sacrificio, es salir de sí para vivir en otro.

Quizás la única pregunta que quede pendiente es la del miedo: ¿vale la pena?

¿Vale la pena la entrega total, sin reservas, sin garantías? Supongo también

que la respuesta solo puede darla quien ya ha asumido el riesgo. “Escucha

bien, amor, lo que te digo pues creo que no habrá otra ocasión para decirte que

no me arrepiento de haberte entregado el corazón”, dice una canción y creo

que con ella lo dicen todos los que han temido la entrega por amor, todos los

que se han visto asaltados por la angustia de perderse en el proceso. Nadie

se arrepiente de amar. Al final, no solamente vale la pena, sino que es lo único

que vale la pena.

“Saber hacer del amor algo absoluto, delante de lo cual todo lo demás

pierda su valor, es absolutamente necesario.”

―Søren Kierkegaard

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