Experta en humillación vial

Mi abuela es la que mejor insulta cuando va en el coche. También es la que hace las mejores galletas y los mejores macarrones pero, sobre todo, es la que mejor insulta. Su capacidad y habilidad para mentarles la madre a todos aquellos que se le atraviesan por delante es el fruto de una larga trayectoria a través de la cual ha ido asegurando su puesto como cacique del tráfico. Para contextualizar, mi abuela mide 1,50, es bastante regordeta y en su rostro se suele dibujar una sonrisa cariñosa. En pocas palabras, es la antítesis del miedo.

Sin embargo, mi abuela siempre ha tenido un pequeño dictador dentro de ella y dado que su aspecto no ayudaba a causar la impresión deseada, los coches siempre le adelantaban y se atravesaban por su camino. Un buen día decidió que ya estaba bien, y ese día cambió su Mamá Van color berenjena por una Land Rover Discovery y comenzaron las prácticas para humillar eficazmente a varios metros de distancia. “¡Cabrón, hijo de su madre, bestia y desgraciado!” . Esto, acompañado de varios gestos obscenos, por si los gritos no se escuchaban, solía ser suficiente para ahuyentar como gatito a cualquiera que se le cruzara por enfrente.

Bastaron unos pocos años para que mi abuela se convirtiera en una leyenda. A mi abuela nadie le negaba el paso, y ¡ay de aquél que se atreviera a robarle el sitio en el aparcamiento! Poco a poco, fue mostrando su poderío y el resto de conductores se sometieron silenciosamente a su autoridad. Mi abuela obtuvo lo que quería y ahora disfruta de ejercer su dominio vial. Como mi abuela, todos necesitamos de vez en cuando demostrar nuestra autoridad. Es una cuestión de seguridad: si nadie me escucha, es como si no lo hubiera dicho.

Todos necesitamos probar nuestros puntos, no nos conformamos con ser buenos, inteligentes o con hornear las mejores galletas, sino que necesitamos abrirnos paso por la vida. Para esto habitualmente no será necesario recurrir al catálogo de injurias de mi abuela, pero a veces sí que es necesario alzar la voz. Las ideas, por muy buenas que sean, no se cuentan solas, y si se pretende que crezcan con susurros probablemente serán arrolladas por más de un 4×4. Más nos vale entonces dejar de lado nuestros reparos y aprender un poco de mi abuela, que ella sí que sabía cómo hacerse escuchar.

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