La fosa de las Marianas

Todo lo más profundo.

Para qué quiero el nuevo año

2014

Nunca he hecho propósitos por año nuevo. Me creo demasiado auténtica como para hacer los propósitos a la vez que los demás, pero lo cierto es que el año nuevo nunca me ha inspirado a querer cambiar de vida.  Cuando empiezo a ver en Facebook y en Twitter una retahíla de publicaciones sobre propósitos de año nuevo no puedo evitar pensar: “Pf. Postureo de Año Nuevo”:

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Por mucho que sea un año nuevo y lo celebremos como si fuera el último, seguimos siendo los mismos de siempre, arrastrando nuestra vieja vida, que no por vieja mala del todo. Nada de vida nueva. Mi misma vida que huele a mí y con los defectos con los que ya me he encariñado. Las  mismas manías que son tan mías que ya hasta me parece que otorgan personalidad. Los mismos miedos y las mismas cosas a las que me aferro desde hace 22 años.

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Pero detrás de todo esto lo que más me preocupa por estas fechas ya no es solo la nostalgia del año que se va ni el olor a cuaderno nuevo del que se nos viene encima sino que entre este caos sentimental no puedo evitar preguntarme: ¿para qué? ¿Para qué quiero yo un año nuevo? Si todos los años se van a acabar, ¿para qué uno más? ¿De qué me sirve, qué tengo yo que ver con este nuevo año?

Y es que me dan unas ganas terribles de decir que me da todo igual y que “soy así” y darme la vuelta airosa y olvidarme pero para qué engañarnos, como buena mujer soy complicada y no me da igual casi nada. Alguien me dijo una vez, entre mis intentos por parecer despreocupada y mis “me da igual, de verdad” que en realidad no me daba igual, que me daba igual para nada sino que más bien no quería enfrentar la elección. Y realmente es así, me da tan poco igual que temo desesperadamente la elección, temo la responsabilidad y al decir: “me da lo mismo, decide tú” es mi último intento  por achacarle la responsabilidad a otro. Aunque tan solo sea por decidir qué comer.

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Supongo que al principio he sido un poco dura al juzgar a quienes hacen propósitos de año nuevo, al menos ellos saben para qué quieren este nuevo año. Y aunque quizás no concuerde con los propósitos: bajar de peso, ser mejor persona, ir a la luna y otras vaguedades parecidas, esto revela que, en el fondo, ellos saben que el año nuevo se quiere para vivir más. Para ser más libres y, como no se es libre en general, para tomar decisiones. No podemos huir de ello, es la única manera de ejercer nuestra libertad y de hacernos a nosotros mismos. Porque somos seres inacabados e incompletos, con una tarea estética por delante.  El año nuevo significa esto: el caer en la cuenta del hombre de la tarea que su vida supone para sí mismo.

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Por fin podemos…

“Por fin podemos poner al descubierto también el estado de ánimo de aquella generación que en la era de la tecnología solo vio a la muerte espiritual o a una mecánica desalmada. Hemos descubierto el pluralismo de la vida espiritual y sabemos que el área central de la existencia espiritual no puede ser un área neutral y que es errado solucionar un problema político con antítesis del tipo “mecánico y orgánico”, o “vida y muerte”. Una vida que frente a sí misma no tiene más que la muerte ya no es vida sino impotencia y desamparo. Aquel que ya no conoce más enemigo que la muerte, y que no ve en sus enemigos más que mecánica vacía, se encuentra más cerca de la muerte que de la vida y la cómoda antítesis de lo orgánico y lo mecánico es, en sí misma, algo burdamente mecánico. Un agrupamiento que, por un lado ve solo espiritu y vida y, de otro lado solo muerte y mecánica, significa tan solo renuncia a la lucha y tiene únicamente el valor de un lamento romántico. Porque la vida no lucha contra la muerte y el espíritu no lo hace contra la insipidez. El espíritu lucha contra el espíritu, la vida contra la vida, y de la fuerza de un conocimiento integral surge el orden de las cosas humanas. Ab integro nascitur ordo“.
Karl Schmitt

La lluvia huele a nostalgia

Llevo algunos días enferma y sin poder usar mucho mi sentido del olfato, y la verdad es que nunca había dedicado mucho tiempo a reflexionar acerca de los olores. Ahora que me he puesto, resulta que no me sale nada más que olores específicos y asociaciones de momentos, de personas, de épocas a esos olores. Quizás sea porque la única reflexión que se puede hacer de los olores es que  poseen una carga inmensa de subjetivismo y de pasado, una carga inseparable de tardes de domingo y de comidas familiares, de noches en la playa y de Navidad. La reflexión más general que puedo hacer es decir que los olores son detestablemente particulares, son a nivel sensorial lo más cercano a la intencionalidad conceptual. No dejan espacio para reflexionar, te llevan directamente a las escenas.

Como esa mañana de 24 de diciembre, que en mi casa ya es Navidad, que huele aropa de estreno y a peinado de peluquería. Huele a emoción y a familia, con un toque de nervios, porque nunca se sabe lo que traerá este día este año. Hace tres fue un árbol chamuscado, hace cuatro petardos en la chimenea, curiosamente siempre huele a fuego. Huele al perfume de mi abuela y, por muy raro que parezca, huele a mariscos. Y puedo jurar que con todo y el olor a langostino, los 24 de diciembres no podrían oler mejor.

Creo que los olores están tan intrincados en nuestra vida y, más que en nuestra vida, en nuestras confusiones que ni siquiera nos molestamos en teorizar sobre ellos. No nos damos cuenta pero el mundo huele (y huele un poco mal) y la historia de la humanidad también, y nuestra vida, aunque no nos demos cuenta, no puede evitar despedir un olor. He oído que nuestro sentido del olfato percibe mejor los malos olores que los buenos aromas, y será así, pero aunque los notemos menos los olores que asociamos a momentos importantes o intensos, aunque en ese instante no lo notemos, muchas veces no podemos evitar recordar ese momento sin que “ese” olor venga inmediatamente a nuestra memoria. Y casi me atrevo a decir que mi biografía puede construirse con unos cuantos olores, porque mejor que una foto, un olor acierta a unir momentos, imágenes, sensaciones y emociones, e incluso pensamientos, que quedan todos inseparablemente ensamblados. Son mis olores. Más míos que los sonidos y que las imágenes visuales, másmíos que las texturas, porque con un olor vienen todos estos en avalancha.

¿Y cuáles son mis olores? El olor a Navidad y el olor a hora del almuerzo en el colegio, olor a tormenta y a tierra húmeda, olor a río por la mañana y a comida de domingo, el olor a libro viejo, olor a septiembre y a Campus, olor a aeropuerto. Olor a citronela. Y son estos y no otros porque a esto huelen las cosas que más quiero en la vida, las cosas que son mi vida. Mi vida huele a esto, o al menos eso espero. Porque no solo hay olor a “vainilla” y a “canela”, sino que también hay olor a vida y a muerte, a cosas que empiezan y a finales inevitables, el olor característico de la aventura y el nauseabundo hedor del tedio. Y hay olores que huelen a emociones y emociones que huelen a perfume. Y la lluvia huele a nostalgia y, en mi caso, la nostalgia huele a lima.  Image

 

 

 

 

Pentagramas vitales

En lo poco que he vivido ninguna realidad se me ha hecho tan patente como la leve esquizofrenia de la que somos partícipes los seres humanos. Hay dos cosas a las que tememos inevitablemente: la primera es el aburrimiento, el tedio, la rutina. Nada nos asusta más que el pensamiento de que nuestra vida será siempre igual, inmediatamente nos sentimos enjaulados, encarcelados por la visión de un repetir incesante de las cosas. Que la vida se convierta en una rutina es casi peor que la muerte, porque si nos aburrimos no vivimos, es la muerte en vida, pues quien se aburre es aquel a quien no le pasa nada más que el tiempo. y el tiempo, como siempre, vuelve a ser el centro de toda conversación medianamente profunda. El tiempo o su ausencia, que es la eternidad. La segunda cosa que nos aterra es el cambio. Irónicamente, buscamos desesperadamente aventuras pero en cuanto se advierten como reales en el horizonte, corremos despavoridamente a buscar refugio en nuestra rutina. Buscamos emociones, adrenalina, sentirnos libres, pero ante el más mínimo atisbo de un cambio real nos aferramos desesperadamente a nuestra forma de vida. Deseamos el cambio pero somos incapaces de lidiar con él, y quien diga lo contrario miente porque lo único seguro del cambio es que nunca es igual, te coge siempre por sorpresa. Así somos, porque lo que en realidad buscamos es una síntesis que no se encuentra más que en breves dosis de presente en la vida, y como aún no hemos aprendido a vivir en el hoy sino que solemos enfrascarnos en el pasado o en el futuro, nos cuesta inmensamente encontrarnos cómodos en esta vida. Buscamos la permanencia y a la vez la novedad del cambio, que nos hace sentirnos vivos. Pero los sube y bajas de la vida, las etapas de permanencia rutinaria intercaladas con los violentos cambios pueden convertirse en un frenesí imparable que puede volvernos locos, o peor aún, infelices, o que puede engarzarse en un ritmo único y muy nuestro, que conforme nuestro singular pentagrama vital.

Corazón romano

ImageCada día durante una semana me he hecho insistentemente la siguiente pregunta: ¿A qué he venido a Roma? ¿A qué se viene a Roma? ¿Qué buscas cuando vienes a  Roma? Además de encontrar a miles de turistas desorientados y muchos sabores de gelati, en Roma te encuentras con la humanidad. Roma es un reflejo del ser humano, de su historia, de lo que ha sido y de lo que lleva dentro. En una primera mirada Roma  solo desvela lío. Es ruido, y masas y contaminación, y parece que nos perdemos entre tantas cosas. Y visto así, superficialmente, los hombres somos un lío, un enjambre de ilusiones, de deseos, de responsabilidades, deberes y derechos, de roles y papeles en el mundo, de voces que se contradicen pero que son a la vez todas nuestras. Y luego, una vez ya has asumido eso y has acostumbrado los ojos al humo de los autobuses de turismo, te paras, respiras hondo e inhalas un poco de aire romano, y ves lo que hay detrás: la belleza, el arte, también el horror y la crueldad, todo lo que los hombres han llevado en el corazón a lo largo de la historia.

Y me pregunto cómo puede suceder tal cosa. Cómo pudieron construir sus iglesias sobre sus propias miserias. Cómo se pudo elegir a la ciudad donde se vivió la peor decadencia como el centro y corazón de la cristiandad, a donde todo el mundo tenía que volver la mirada. Y la respuesta me llega con acento argentino.

Se han dicho ya muchas cosas sobre el nuevo papa, pero alguien me dijo que aún había un hueco para lo que yo tuviera que decir. El papa es realmente algo nuevo para nosotros, no es ningún secreto que soplan nuevos vientos en la Iglesia. Y Francisco posee lo que nos exige: un corazón joven. Un corazón que se enamora fácil, que no está magullado por heridas pasadas, que sabe entregarse del todo. Un corazón con mirada al infinito, esa mirada que tienen algunos que parece que no miran a nadie cuando en realidad están viendo al mundo entero. Un corazón que sabe perdonar, que sabe querer, con los ojos poblados de vida y el ánimo abierto para ilusionarse.  Un corazón que no tiene miedo. O que lo tiene pero que tiene razones para afrontarlo. Un corazón donde cabe toda la humanidad pero que quiere a cada hombre como al único. Un corazón joven, con ganas de vivir, que no se para a calcular porque sabe que aunque caiga, cae siempre en manos amigas. Y eso es quizá lo único que el cristiano sabe con certeza.

Y es por eso que Roma se construyó sobre banquetes, palacios, y sobre la injusticia romana, sobre templos paganos y sangre de mártires, porque somos así. Porque Roma es del hombre y porque sabemos que nuestras miserias también son tan parte de nosotros como nuestras glorias. Y es por eso que ante Roma no nos queda más que la necesidad de hacernos pequeños, pues nos vemos como parte de algo más grande, parte de una historia que no se acaba con las pequeñas preocupaciones de mi vida, en mis problemas o en mis tonterías, sino que incluye a todos y cada uno de los que hemos pasado por este mundo. Y menos mal. Pero para poder ver esto se necesita perder el miedo al mundo y sobre todo a nosotros mismos, que ya sabemos que somos capaces de las peores barbaridades pero también de alguna que otra cosa que no está nada mal. Para tener un corazón así hay que salir de nosotros mismos, ver más allá de nuestras narices y enfrentarnos con el mundo de hoy. Tenemos que unir nuestras pequeñas ilusiones con la ilusión de la humanidad, de muchas generaciones que han creído en lo que nosotros queremos creer. Y por eso volvemos a Roma, porque en Roma, si nos esforzamos un poco en olvidar el ruido de los autobuses, podemos escuchar las voces de otras almas jóvenes que también supieron salir de sí mismas, y podemos quizá unir nuestros corazones con los corazones de los hombres de todas las épocas.

Agotarse por los demás

        Da miedo, mucho miedo verse de repente en un momento de la historia como este. El Papa renuncia. Benedicto XVI declara que ya no tiene fuerzas para llevar el ministerio de Pedro. Y fuera del Vaticano se escuchan palabras de pánico, de tristeza, de satisfacción, pero también de fe y de esperanza. Muchos lo ven como un triunfo, como si el mundo hubiese vencido al Papa, como si esto fuese el resultado de tantos años de duras críticas y de pedirle su renuncia. Pero no tienen ni idea porque no saben que el Papa se había rendido hace muchísimos años, que este Papa hacía mucho que no hacía lo que le daba la gana, que este Papa ya tenía tiempo de dejar que Otro tomara las decisiones. Y una vez más nos vuelve a sorprender con un acto nos tira los prejuicios por el suelo y nos recuerda qué es lo importante.

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          500 años son mucho tiempo y a veces parece que son todo el tiempo, pero no es así porque para Dios no hay tiempo y siempre es tiempo para Dios.  Nos acostumbramos a pensar que solo existe una forma de hacer la voluntad de Dios, que Dios solo podría pedirle al Papa que se quedase, que fuese como su Predecesor. Pero no es así. A cada uno Dios le pide algo, aunque a los demás pueda parecernos incomprensible. Benedicto XVI entendió que no se trataba de comprender sino de ser fiel. Que a veces la lógica de Dios no es la lógica de los hombres y que es Él quien sabe más. Fue un Papa por el que gritamos hasta quedarnos sin voz que éramos suyos, aún lo somos, somos la juventud del Papa. Un Papa que soportó burlas y críticas por nosotros, que aguantó calores, lluvias y truenos por sus jóvenes. Un Papa que nos enseñó a no conformarnos con nada menos que con Cristo. Estoy segura de que el Papa no ignora cuánto le queremos y cuánto nos cuesta aceptar su decisión. Estoy segura de que el Papa sabe que querríamos tenerle con nosotros más tiempo, que para muchos ha marcado momentos claves en nuestra vida y que le debemos demasiado como para dejarlo ir sin una lágrima. Lo sabe, es consciente. Sin embargo, también es consciente de que Él está ahí por Alguien más y que incluso cuando las decisiones que hay que tomar son duras, no hay otra respuesta que la confianza y el abandono. Pero de lo que estoy segura es que no fue una decisión fácil. El Papa no ha huido en la tormenta, ha resistido las más duras tempestades y ahora, en el momento de la calma, se retira delicadamente. Si eso no es valentía no sé lo que será. Y por eso creo que el Papa ha comprendido mejor que nadie dejarse la vida por Dios  y por los demás vale la penaGracias por esta última lección, no la olvidaremos.

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History on the making


Llevo ya una semana en Oxford y empiezo a preocuparme porque con lo que me queda de semestre no tendré suficiente tiempo para ver y hacer todo lo que quiero. Sin embargo, he de decir que me siento satisfecha con tan solo caminar por las calles del centro de la universidad europea (pardon me, Cambridge), tomarme una cerveza (o Ale) en el mismo bar donde los Inklings discutían y leían sus escritos o ir a la pequeña iglesia donde Newman predicó y se forjó el Movimiento de Oxford.

En fin, es impresionante vivir en una ciudad en donde se ha hecho tanta historia (o por lo menos se ha educado a tantos que hicieron historia). Todavía no he tenido la oportunidad de ir a sentarme tranquilamente a leer en la Bodleian pero está claro que no me voy de aquí sin antes escribir aunque sea una carta en las mesas donde se escribió The Hobbit.

Sin embargo, quizá lo que me ha parecido más impresionante de todo esto no son solo las paredes llenas de historia sino más bien que las paredes siguen vivas. La universidad mantiene viva la historia, la investigación, los conocimientos. Se admira a todos los célebres que estudiaron en las bibliotecas de los distintos colleges de la ciudad, pero más importante que eso son los estudiantes que ahora recorren sus pasillos y mantienen viva la tradición universitaria. Esos estudiantes que se pasean por la ciudad con sus trajes académicos y nos recuerdan que por muy lejos que los grandes hayan llegado antes que nosotros, siempre se puede ir más lejos, siempre se puede aprender más. Aun con todo lo que la humanidad ha logrado, existen cosas que son viejas, muy viejas y a la vez siempre nuevas.  

El Pensador- Auguste Rodin

El sol iluminaba todo el campus universitario, ya eran más de las tres. Plutón acababa de almorzar en Faustino, caminaba ensimismado tuiteando a sus compañeros que iba a organizar un gran evento, que quería contarles algo que iba a cambiarles la vida. A lo lejos, divisó a un chico sentado cerca del pozo filosófico. Estaba solo, metido en sus pensamientos. Escribía con una pluma sobre un cuaderno de pastas doradas. Parecía que iba a prender fuego al papel. Sigilosamente, Plutón se acercó hasta llegar a observar lo que escribía Sincartes. “La tensión entre el ser, lo que es, y lo que desaparece…”. Sincartes cerró el libro con violencia.

Sincartes: ¿Qué crees que estás haciendo?

Plutón: Nada, nada, lo siento. Solo me pareció interesante lo que escribías.

Sincartes: No es interesante. Es privado. Puedes volver por donde has venido.

Plutón: Ehh, calma, calma. Solo quería ser amable. Por cierto, estoy organizando un debate sobre la libertad para alumnos de todas las facultades, ¿te gustaría venir? Es este sábado en el aula 6 de Fcom.

Sincartes: ¿Fcom? ¿En serio te crees que unos pavos de comunicación tienen algo bueno que decir? ¿Y te crees que unos estúpidos de ese calibre van a aportar algo a las grandes reflexiones de la historia de la filosofía, que van a tener una respuesta a los interrogantes de los grandes pensadores de la humanidad, que pueden aportar algo? Ahora entiendo por qué haces la doble.

Plutón: pues sí, sí que lo creo. He tenido un par de debates con los de Económicas sobre la libertad y creo que su experiencia en el mercado puede aportar mucho a mis propias ideas, y estoy seguro que a las tuyas también.

Sincartes: Estas muy equivocado, déjame seguir con lo que estaba. Tu y tu falsa filosofía, por gente como tú estamos como estamos: infravalorados. Solíamos ser los sabios, privilegiados por la sociedad por dedicarnos a pensar. Y ahora se nos dice despectivamente que si estudiamos filosofía solo podremos ser profesores de bachillerato. Pff.

Plutón: ¿Puedo hacerte una pregunta? ¿Por qué estudias Filosofía? ¿Qué sentido le ves a eso que escribes? ¿Para qué lo haces?

Sincartes: Eso no es una pregunta. Eso es un interrogatorio.

Plutón: ¿Qué buscas, Sincartes?

Sincartes: ¿Por quién me tomas? La verdad.

Plutón: ¿Y qué piensas hacer cuando la encuentres? ¿Esconderla en uno de esos grandes libros con los que cargas cada día y que nunca dejas leer?

Sincartes: No. Pero quiero gozar de ella, disfrutarla. ¿No has oído aquello de que la contemplación de la verdad es la actividad más propia del hombre? Pues eso.

Plutón: ¿Y tú no has oído aquello de que el hombre es un ser social por naturaleza? Pues eso.

Sincartes: Sí, ya, pero eso es solo para las actividades propiamente sociales. Pero la razón es individual, no puedo ir por ahí regalando lo que para mí ha sido el fruto de largos años de trabajo y estudio. ¡Sería de imbeciles! ¡Para eso se inventaron las patentes!

Plutón: ¿Y cómo puedes estar tan seguro de que eso que sabes es la verdad? ¿No te da miedo que si no lo pones a prueba, no puedas escuchar algo diferente que puede que sea válido?

Sincartes: ¿Es que te has vuelto relativista, Plutón.

Plutón: No. Te estoy hablando de algo muy distinto, te hablo del diálogo. ¿No son en realidad tus cuadernos el fruto de un diálogo contigo mismo? ¿No son en verdad un cúmulo de párrafos pensados y corregidos, en los que has visto en ocasiones estar equivocado y has llegado a  tachar lo ya escrito? ¿Acaso te has enfadado contigo mismo cuando has visto que no tenías razón? ¿Te lo has recriminado?

Sincartes: No. Porque he sido yo solo el que ha visto esas verdades, no he necesitado de nadie más para hallar la verdad, no quiero maestros porque no hay ninguno que pueda ayudarme. Porque la filosofía es cosa del filósofo, no de cualquiera. Es exclusiva.

Plutón: Sincartes, ¿Es que acaso tienes miedo? ¿Es una cuestión de salvaguardar tu orgullo? Si no estoy mal, creí haberte escuchado decir que solo buscabas la verdad… ¿Estarías dispuesto a encontrarla fuera de ti, o es que más que la verdad lo que buscas es un poco de seguridad, de admiración?

Sincartes: Vale. Y si decidiera decirlo, explicarlo, ¿qué cambiaría? Paso de estar tres horas discutiendo con una bola de gente que no tiene ni idea y que no piensa cambiar de opinión, ni yo tampoco.

Plutón: Pero, ¿no crees que al resto les interese tu trabajo? ¿Acaso no es una aspiración natural del hombre alcanzar la verdad? Hay cosas que deberías aprender por experiencia…

Sincartes: La experiencia me dice que no querrán escuchar, ni siquiera lo merecen… y sinceramente los entiendo, para una persona cuya mayor aspiración es la fiesta del viernes poco tiene que decirle Kierkegaard o Schopenhauer

Plutón: No puedes ir por ahí juzgando a la gente así. ¿Acaso tú eres simplemente esos cuadernos en los que escribes?  A lo mejor el viernes en la fiesta no les va a interesar, pero puede que a la mañana siguiente cuando estén solos piensen en algo más que eso. Puede que como tú y como yo se pregunten qué hacen ahí, qué valor tiene su vida, hacia dónde la están dirigiendo, pero ¿sabes cuál es la diferencia entre ellos y nosotros?

Sincartes: ¿Cuál?

Plutón: Que ellos no tienen dónde escribirlo, a quién contárselo, con quién debatirlo. No lo tienen porque están enfermos, enfermos de una sociedad que ha dejado a los filósofos de lado. Enfermos del siglo XXI en el que hablar de verdad es casi un insulto. Y, ¿tú y yo qué? ¿No vamos a hacer nada al respecto?  ¿No crees que deberíamos ayudarles?

Pasa un minuto en el que ninguno de los dos dice nada. Plutón suspira derrotado, se da media vuelta y empieza a caminar hacia la carretera. Sincartes le grita –¡Eh, Plutón! – Plutón se da media vuelta y le mira extrañado –¿Qué? –Que nos vemos el sábado.

La escuela de Atenas- Rafael

La filosofía se lee en forma interrogativa

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Cuando tenía 17 años pensé que me había vuelto relativista. Fue una noche, después de discutir con mi familia sobre no me acuerdo qué tema, llegué a la conclusión de que nunca íbamos a estar de acuerdo, y de que era mejor parar de reducir la vida a un montón de sentencias y reglas para vivir, porque cada vida era diferente. Y pensé que no había nada más que hacer, que cada quien se las arreglara como pudiera.  Me parecía que por cada frase donde se pudiera acumular un poco de sabiduría, aparecería otra igualmente “sabia” que diría lo contrario.  “Dime con quién andas y te diré quién eres” y en la otra esquina: “El que es perico en donde quiera es verde”. Y las dos me parecían verdad y a la vez contradictorias. Por lo que concluí que ninguna sería verdad, que no existía tal cosa.

Mi época relativista no duró demasiado. Después de repensar ahora, años después, estas cuestiones que me preocuparon, me doy cuenta de que no dudaba realmente de que existiera una verdad Y me doy cuenta entonces de que más que relativismo lo que tenía era pereza. Pereza de trascender esas aparentes contradicciones que se nos suelen presentar. Pereza de pensar en temas difíciles. Pereza de pensar que dependía de muchas cosas, de muchas situaciones distintas, de vidas y de usos.  Es mucho más fácil concluir que da igual, total, el otro no va a cambiar de opinión y yo tampoco, por lo que será que ninguno de los dos tenemos la razón. Es más fácil, pero no más convincente. Si nos quedamos ahí, nos veremos abocados a la incoherencia con lo que pensamos, si decidimos concluir con el relativismo, nos estamos condenando a vivir preocupados por algo que hemos dicho que no existe. Una situación irónica, pasarse la vida luchando contra las verdades predicando  una verdad, defendiendo que todo lo que todos dicen vale igual y discutiendo con su esposa sobre a dónde salir a cenar.

Si rechazamos el relativismo, podríamos pensar que el problema se ha acabado, que hemos decidido que la verdad existe y ya no hay más que decir. Sin embargo, si levantamos un segundo la vista de la pantalla del ordenador y nos damos cuenta de que por ahí existen miles de libertades más, pensando cada una por su cuenta. Y también nos damos cuenta de que la realidad nos excede, que no solo hay infinitas cosas para conocer sino infinitas maneras de conocerlas. Así que el mundo es simple, es como es, pero nuestro acercamiento a él es complicado. No podemos conocer al mundo en su riqueza con un solo acto de conocimiento, por ello es que podemos pensar y reflexionar sobre las cosas una y otra vez, y descubrir algo nuevo cada vez.

Podríamos preguntarnos: si existe una verdad y la podemos conocer, ¿por qué parece que nunca estamos de acuerdo en nada? Creo que la respuesta es que a veces somos un poco exagerados. Solemos estar de acuerdo en la mayoría de las cosas, no nos pasamos la vida cuestionando lo que nos dicen los demás sino que solemos asentir y aceptarlo. Evidentemente, mientras más sencilla sea la realidad de la que hablamos, mayor consenso lograremos y a medida que las realidades son más complejas y profundas, las respuestas empiezan a variar mucho más. Por ello tenemos que hablar más de cosas profundas y menos de la fiesta del viernes pasado. Las cosas importantes son más difíciles de abarcar y por eso mismo no podemos pretender encontrar las respuestas nosotros solos. Debemos entrar en comunicación con el resto del mundo y conversar. Escuchar lo que otros tienen que decirnos, conocer las distintas percepciones de la realidad y pensar. Hablar y pensar, no chachalaquear.  Todo pensamiento pensado merece ser escuchado y repensado.

Y aunque en un primer momento parezca que las discusiones teóricas son inútiles porque “nadie va a cambiar de opinión”, no es verdad, porque habremos contrastado lo que pensamos con lo que piensa otro, y ya tenemos más sobre lo que podemos profundizar.  Estoy a favor de poner mucha confianza en la conversación de la humanidad, siendo lo suficientemente inteligentes para darnos cuenta de cuándo las cosas no van por buen camino. Y saber cuándo las discusiones no van por buen camino, cuándo las respuestas no tienen vocación de dialogarse, en el fondo recae en un conocimiento de las personas, de cómo somos los humanos. Pero eso sí que solo se adquiere conociendo y tratando a la gente, porque las teorías son teorías pero luego en la vida real lo que hay son personas, cada una distinta.

Para terminar, creo que hay dos variables que se nos suelen olvidar y que muchas veces nos acercan al peligro del “yo tengo toda la verdad”. La primera, que el mundo cambia. No siempre ni todo el tiempo ni todas las cosas, pero a veces sí que cambia. Tenemos que entrenarnos para descubrir cuándo hay cambio y cuándo no lo hay, para evitarnos aplicar respuestas que alguna vez fueron adecuadas pero que simplemente ya no lo son, porque las cosas ya no son como eran. La segunda variable, y quizá la que más se nos olvida, es que para algunas cosas y en especial para las más importantes, que son las que tienen que ver con lo más profundo del alma, pueden existir varias respuestas correctas. Una Verdad única e innumerables respuestas correctas ante ella, también algunas incorrectas. Que a las preguntas más importantes, y las más propias de la filosofía, se responde en primera persona. Ninguna respuesta va a coincidir, aunque la pregunta sea la misma. “¿Quién soy? ¿Qué sentido tiene la vida?” Estas preguntas se repiten infinitas veces y se responden otras tantas.

Por eso la filosofía se lee en forma interrogativa, como una pregunta a la vida, una pregunta para mí, para mi vida, donde la respuesta suele ser la vida misma. Ningún buen filósofo que verdaderamente ame la sabiduría pretenderá darnos todas las respuestas. Un buen filósofo debe pretender que con cada frase, el lector se plantee estas cuestiones y ofrezca sus propias respuestas. Que acepte lo que juzgue verdadero y rechace lo falso. Que cuestione, pero no por cuestionar sino por ahondar. Que presente aporías, o no.  En definitiva, que no se quede callado, que continúe la conversación de la humanidad y quizás, si ha pensado bien, acierte en un par de cosas. Y aunque no tendremos toda la verdad, resulta que tenemos vocación de viajeros. Y personalmente, a mi eso me da mucha paz. Podemos caer en la tentación de pensar que la búsqueda es inalcanzable, como que nos acercamos a una meta que nunca logramos. Lo cual es cierto, pero no es frustrante, porque la recompensa la recibimos desde ya en el viaje y no solo al final. Y aunque no tendremos toda la Verdad, la tendremos.