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Epidemia: delirios de creer saber

Reproduzco una columna publicada en Republicagt.com (http://www.republicagt.com/opinion/epidemia-delirios-de-creer-saber/)

Existe una enfermedad que nos aqueja a todos los hombres, en mayor o menor medida. Es difícil descubrirla pues muchas veces se manifiesta de manera similar a la conversación fácil o al interés en los asuntos públicos. Sus síntomas incluyen el alzado en el volumen de la voz y el uso de frases tales como: “según escuché”, “según me contaron”. Efectos secundarios: disminución del cociente intelectual y aumento del flujo de “humos en la cabeza”. Puede manifestarse en los momentos más inoportunos, incluso en aquellos con las mejores con las mejores defensas, y en los últimos años ha ocurrido un brote epidémico en los ámbitos digitales de interacción social, mejor conocidos como “las redes”.

Se trata de la “opinionitis”, peligrosa amenaza para la construcción de sociedades inteligentes y riesgo directo para el buen funcionamiento de una democracia. Es aún más peligrosa cuando se da en su versión política: la “declaracionitis”. Ojo, es difícil evitar el contagio. Por mucho que una esté decidida a no comentar de nada de lo que no sepa, en cuanto se entra un poco en el juego y me preguntan de mecánica cuántica podría soltar una disertación acerca de la inestabilidad de los átomos. Así a ojo.

No me malinterpreten, el mundo está para que lo juzguemos (en el sentido epistemológico de la palabra), para emitir juicios en sentido positivo, para valorar la realidad, para sopesarla y así intentar mejorarla. Sin embargo, tenemos que reconocer nuestros límites y saber que no podemos opinar de todo, que todas esas tonterías de que “todos tenemos algo que decir” respecto de cualquier tema y de que “nuestra opinión es sagrada” no son más que eso: tonterías. A veces, y más en nuestro siglo XXI, confundimos el tener un espacio para expresarnos con una necesidad irrefrenable de expresarlo todo. Esta actitud, además de ser agotadora, crea un ruido que dificulta encontrar las opiniones formadas e inteligentes, dificulta la tarea de discernir quién tiene la autoridad para opinar con conocimiento de un tema o de otro.

Ya lo dicen todos los que saben de algo en el mundo: para ser sabio hay que callar mucho y hablar poco, solo de aquello de lo que sabemos, solo cuando nuestras opiniones aportan valor. Es el antiquísimo “conócete a tí mismo”, o en cristiano: reconoce tu propia ignorancia. Supongo que este consejo vale para el espacio público, no para la cena en sus casas donde no me atrevo a meterme ni a dar consejos de convivencia familiar. Pero cuando se trata de espacio públicos es mejor reprimir esa necesidad cavernícola de siempre querer decir algo sobre cualquier tema, ya sea la última decisión de X ministerio o lo que hizo la selección de fútbol la semana pasada. Esto para así evitar crear un murmullo confuso que acapare ese espacio mental que necesitamos ansiosamente para cosas importantes y en las que realmente podemos aportar algo.

Este peligro de nuestra sociedad de la información no es un enemigo nuevo, ya nos lo anunciaron cuando Twitter y también con Wikipedia: grandes herramientas pero que dependen de la mesura y de sus usuarios (y de que estos sepan reconocer sus límites) para realmente poder cumplir con su objetivo de informar. Lo mismo ocurre en cualquier otra red social.

Antes de internet la gente tenía toda clase de opiniones tontas, pero estas se limitaban a expresarse en el limitado espacio de su actuación diaria: escuela, trabajo, casa y quizás el mercado. Estas opiniones no se basaban en ningún hecho o conocimiento fundamentado, sino más bien en el deseo de tener vela en todos los entierros. Esto sigue siendo así: es un milagro reconocido por el Vaticano el encontrar a un usuario de Facebook que comente sobre un tema con más información que un titular: ¿para qué leer el artículo entero? Y ya no digamos un libro o dos (y si estos no están en pdf, ni se diga). La necedad siempre ha existido, pero hoy en día se exacerba y además se esparce, se comparte, se retuitea y se likea, creando una especie de des-opinión general que es peligrosa, porque ahora encima resulta que las empresas y hasta los gobiernos se lo toman más enserio que a cualquier experto en el tema. La clave está en darse cuenta de que ni Facebook, ni Twitter, ni el internet en general son la mesa de tu casa, son espacios públicos en los que los comentarios tienen repercusión pública.

Me gusta cómo lo dice Chesterton: “un buen hombre debe amar el sinsentido, pero también debe ver el sinsentido: ver que no tiene sentido”. Básicamente, todos tenemos opiniones súbitas y tomamos postura frente a lo que ocurre a nuestro alrededor, cosa buena y loable, pero tenemos que saber reconocer que frente a cualquier tema del que no hayamos estudiado o no tengamos experiencia, nuestras opiniones no son más que reacciones súbitas y sin fundamento, y materia prima perfecta para confundirnos a nosotros mismos y a los demás si nos empeñamos en tomárnoslas en serio. Está bien jugar con una idea, tener hipótesis y divertirse con ellas, pero mantenernos alertas para no dejar que la idea juegue con nosotros.

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Los hombres de principios

Viniendo de un país tercermundista donde la política es una broma y la frustración es el sentimiento ciudadano más común, paso mucho de mi tiempo pensando en qué es lo que buscamos en un candidato político. Respecto al reciente debate sobre el aborto en España muchos españoles que concedieron su voto a Rajoy se sienten traicionados porque el Presidente está dispuesto a cambiar su posición frente a un asunto por conseguir atraer más votos. “No es un hombre de principios”, dicen algunos, y yo me pregunto: ¿Qué principios? ¿Los míos? ¿Cuáles son mis principios? ¿Es que acaso vivo de acuerdo a una selección de máximas que me dictan cómo actuar frente a todas las circunstancias? ¿Tengo claros cuáles son esos principios que se supone busco en un candidato?

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La verdad es que la respuesta a la mayoría de estas preguntas es no. No busco alguien que sepa de antemano cómo actuar frente a cualquier situación que se le presente, no busco alguien que tenga las respuestas antes de que se le plantee la pregunta. Y pienso que eso es parte de lo que genera frustración en los votantes de hoy en día: queremos un candidato que se aferre estrictamente a su programa de gobierno, y sin embargo no tomamos en cuenta que eso no daría paso a una verdadera deliberación y discusión sobre los asuntos que se presentan. Un programa es una guía, pero que debe comprenderse como limitada ante la siempre sorpresiva realidad de la vida social y política.

Entonces, ¿qué es lo que quiero en mis representantes en la vida pública? Me parece que lo que busco es tan sencillo y a la vez tan complicado como alguien que actúe como actúa porque cree que es lo correcto, porque lo ha pensado y considera que tiene razones suficientes para comportarse del modo en que lo hace. En pocas palabras, alguien con honestidad consigo mismo. En el caso de Rajoy el problema es que conseguir más votos no parece ser una buena razón para actuar del modo en que lo hizo, y por eso nos molesta.

A eso me parece que nos referimos cuando exigimos hombres “de principios” en la política. No se trata tanto de fallar a una promesa electoral como de fallarse a su propia coherencia. Por mi parte, yo no voto a alguien para que represente públicamente todo lo que yo quiero, como si fuera una especie de máquina altavoz que necesariamente debe actuar y decir como yo lo haría. No, yo aspiro a votar por alguien que piense por sí mismo y que cuando actúe lo haga por razones rectas, porque cree que es lo mejor hacerlo así. Alguien que de razón de sus acciones y sea capaz de explicarlo. Por eso, a Rajoy no le recrimino la decisión sino las razones por las que tomó la decisión. Es verdad que tampoco estoy de acuerdo con la decisión pero la sensación de engaño proviene de la falta de coherencia del político como persona, no confío en él como persona que actúa por razones válidas y que beneficien a alguien más que a él, y por tanto no puedo confiar en él como persona que tome las decisiones para gobernar el país. Me parece que a esto nos referimos cuando exigimos una persona de “principios”: no alguien que tenga estos o aquellos principios morales, sino alguien que es capaz de poner sus propios principios por encima de su beneficio inmediato.

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Hacer del amor algo absoluto

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No sé mucho del amor y creo que tampoco sé mucho de la libertad. A decir

verdad, no sé mucho de nada. Sin embargo, lo poco que sé me ha hecho

renunciar a un anhelo, un anhelo que sé que es universal y potente: el

deseo de vivir libre de ataduras. Me corrijo: no he renunciado al anhelo, he

renunciado a ver mi anhelo saciado. Porque me he dado cuenta de que

buscar la libertad de las amarras, de sentirse totalmente independiente,

desligado, es irrenunciable a la vez que insaciable. Me he dado cuenta de que,

paradójicamente, no hay tal libertad; es un juego perverso de nuestro egoísmo

que no deja de pensar que las ataduras pueden soltarse, cuando en realidad

no puede hacerse otra cosa que atarse a buenos puertos.

He decidido que quiero querer con todo lo que soy. Y con esto me he dado

cuenta de que buscar el amor y a la vez buscar la independencia, es cortar

la mala hierba, cuánto más la cortas más crece.

Parece que quien ama renuncia a la independencia, pero es que en realidad

no hay tal cosa como la total independencia. Quien ama elige un vínculo, elige

una dependencia total de unas pocas ataduras, amarras fuertes y seguras,

que lo mantienen cerca de donde quiere estar, incluso si eso a veces significa

no poder visitar otras playas. Pero quien no ama, quien no quiere entregar la

libertad, vive atado a playas sucias y mezquinas, que no lo satisfacen pero de

las que tampoco puede escapar, y cuando logra huir lo hace solo para vagar

sin destino por las aguas, sin dirección… hasta encontrase nuevamente atado

a otro puerto en el que no quiere anclar.

Kierkegaard decía que “Cada vez que el análisis quiere asir el arcano del amor,

no percibe sino contradicciones”. Básicamente, el corazón es retorcido, es

complicado y necesita entregarse para realmente poder tenerse. Pero es aún

más retorcido si no decide entregarse a nadie, porque entonces se desparrama

y se desperdicia. Amar a alguien es una forma de hacerse frágil, de poner

todos los huevos en una canasta y decirle al otro: “esto soy yo y lo pongo todo

en ti”. Es el misterio de la confianza, de la entrega sin reservas que posibilita la

única libertad. El amor es sacrificio, es salir de sí para vivir en otro.

Quizás la única pregunta que quede pendiente es la del miedo: ¿vale la pena?

¿Vale la pena la entrega total, sin reservas, sin garantías? Supongo también

que la respuesta solo puede darla quien ya ha asumido el riesgo. “Escucha

bien, amor, lo que te digo pues creo que no habrá otra ocasión para decirte que

no me arrepiento de haberte entregado el corazón”, dice una canción y creo

que con ella lo dicen todos los que han temido la entrega por amor, todos los

que se han visto asaltados por la angustia de perderse en el proceso. Nadie

se arrepiente de amar. Al final, no solamente vale la pena, sino que es lo único

que vale la pena.

“Saber hacer del amor algo absoluto, delante de lo cual todo lo demás

pierda su valor, es absolutamente necesario.”

―Søren Kierkegaard

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Nadie quiere un amor

Todo lo que me gusta leer es un poco triste. Supongo que es decirlo es el primer paso en el proceso de aceptación. En los últimos meses me lo han dicho varias personas, con un tono ligeramente preocupado: “Todos los libros que te gusta leer son deprimentes”. Al principio pensé que era una exageración, que habían algunos libros que no eran tristes, pero luego pensé que verdaderamente muchas veces me gustan las cosas tristes. Tristes, pero no deprimentes. No deprimentes porque lo deprimente empieza cuando no se encuentra un sentido en la tristeza. La belleza del sufrimiento, de las perdidas no está en el puro sentir del dolor, los grandes escritores no hablan del sufrimiento por masoquismo, sino porque probablemente solo ahí hayan sabido encontrarse a ellos mismos, y esa es la única historia que vale la pena contar.

 

Entonces sí, me gustan los libros tristes porque me he dado cuenta de que “la creación es el milagro del paso por la negación”, y que una vida llena de optimismo vacío no tiene nada de vida y nada de verdadero optimismo. De que el verdadero entusiasmo, las verdaderas ganas de vivir, no vienen más que del enfrentamiento con quien uno es, y ese enfrentamiento no suele encontrarse en las historias sencillas y alegres, y que hasta los cuentos de hadas necesitan un villano. Y sobre todo me he dado cuenta de que hay libros tristes, que hablan del sufrimiento, del dolor, de la pérdida, pero por debajo de todo esto hablan de la posibilidad de una vida que incluya esto, de que el sufrimiento se autoimpone y la clave del verdadero optimismo no está en evitarlo sino en aceptarlo.

 

No quiero ser nunca una de esas personas que intentan enmascarar su desencanto por la vida en seriedad o falso intelectualismo, no quiero nunca llenarme de amargura creyendo que es realismo. Y sin embargo, no quiero tampoco dejar de defender las historias que aparentemente no tienen un final feliz. Porque en un libro a veces no importa el final feliz sino la buena historia. Porque no one wants a love, but a lovestory. Nadie quiere un amor fugaz, nadie quiere un solo un  final feliz, porque todos saben que cuando se trata de amor y de todo lo importante, no se habla de finales, sino de historias. Porque lo único que puede darle sentido al sufrimiento es el amor. Por eso no colecciono historias tristes, sino historias de amor.

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#Postureo: autenticidad involuntaria

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“A algunos hombres los disfraces no los disfrazan sino los revelan. Cada uno se disfraza de aquello que es por dentro”- G. K. Chesterton.

El postureo es apariencia. Es apariencia que revela más realidad que muchas otras acciones hechas con intención de honestidad.  No es tanto querer encajar ni tampoco es tanto “ser algo que uno no es”. No. A veces el postureo incluso coincide con la realidad de la persona. Pero es más bien la necesidad de visibilidad, de llamar la atención con la actitud del niño pequeño que tira de la camisa a su madre, la necesidad constante de atención, la exhibición. La crisis de intimidad.

La línea entre lo real y lo aparente se aparece difuminada. No solo desvela lo que uno realmente es sino sobretodo lo que uno quiere ser, y lo que uno quiere ser dice, a su vez, tanto sobre quién es realmente uno. El postureo no es más que esto: un disfraz bien elegido por toda una generación para manifestar sus más grandes ansias y sus más terribles miedos: el miedo a la soledad, el miedo a al “no encajar” y el miedo a ser diferente y sobre todo el miedo a pensar por sí mismos.

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Postureo es querer mostrar ser algo, y es así: los demás ven algo de ti, pero no es lo que tú quieres que vean. Nadie acepta que posturea, es siempre un reproche externo.

Postureo: acción humana motivada por la necesidad de atención y de encajar. Realícese en zonas de alta publicidad y preferiblemente tome una foto de su comida, sus zapatos o de usted mismo, pongale tres efectos y súbala a Instagram, Facebook o Twitter.

Por eso, a pesar de ser apariencia, el postureo no me parece tan malo, o mejor dicho me parece una consecuencia inevitable de nuestra generación. Porque no me parece que sea la expresión de un intento de engaño, de querer aparentar, sino más bien es la apariencia que surge de desear sinceramente ser algo que uno no es: guay, amiguero, original o lo que sea. Es un nuevo intento del fake it until you feel it. Es la expresión del profundo deseo de convertirse de eso que uno aparenta ser, del mismo modo que cuando era adolescente solo quería ponerme tacones para ver si así me convertía en mayor. En el fondo, hay un destello de creencia de que si, lo repetimos las suficientes veces y son la suficiente intensidad, terminaremos convirtiéndonos en eso que añoramos. Y supongo que esto tampoco es tan malo, todo depende de aquello que deseemos ser. Dicen si que si sonríes mucho al final acabas volviéndote alegre y supongo que si pones suficientes fotos con todo quien te encuentres por la calle en Facebook terminas siendo muy popular.

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Pero como todo, requiere esfuerzo y lo que habrá que ver es si aquello en lo que quieres convertirte, quizás inconscientemente, vale la pena. Si realmente quieres que sea eso lo que quieres ser. Porque aunque otros puedan ver a través del postureo  a tus verdaderas añoranzas, muchas veces somos nosotros quienes no las vemos. Con todo esto, solo me queda decir que quizás deberíamos hacernos un examen introspectivo a través de nuestras fotos en Facebook, Instagram y en nuestros Tweets: el nuevo temet nosce del siglo XXI.

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Para qué quiero el nuevo año

2014

Nunca he hecho propósitos por año nuevo. Me creo demasiado auténtica como para hacer los propósitos a la vez que los demás, pero lo cierto es que el año nuevo nunca me ha inspirado a querer cambiar de vida.  Cuando empiezo a ver en Facebook y en Twitter una retahíla de publicaciones sobre propósitos de año nuevo no puedo evitar pensar: “Pf. Postureo de Año Nuevo”:

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Por mucho que sea un año nuevo y lo celebremos como si fuera el último, seguimos siendo los mismos de siempre, arrastrando nuestra vieja vida, que no por vieja mala del todo. Nada de vida nueva. Mi misma vida que huele a mí y con los defectos con los que ya me he encariñado. Las  mismas manías que son tan mías que ya hasta me parece que otorgan personalidad. Los mismos miedos y las mismas cosas a las que me aferro desde hace 22 años.

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Pero detrás de todo esto lo que más me preocupa por estas fechas ya no es solo la nostalgia del año que se va ni el olor a cuaderno nuevo del que se nos viene encima sino que entre este caos sentimental no puedo evitar preguntarme: ¿para qué? ¿Para qué quiero yo un año nuevo? Si todos los años se van a acabar, ¿para qué uno más? ¿De qué me sirve, qué tengo yo que ver con este nuevo año?

Y es que me dan unas ganas terribles de decir que me da todo igual y que “soy así” y darme la vuelta airosa y olvidarme pero para qué engañarnos, como buena mujer soy complicada y no me da igual casi nada. Alguien me dijo una vez, entre mis intentos por parecer despreocupada y mis “me da igual, de verdad” que en realidad no me daba igual, que me daba igual para nada sino que más bien no quería enfrentar la elección. Y realmente es así, me da tan poco igual que temo desesperadamente la elección, temo la responsabilidad y al decir: “me da lo mismo, decide tú” es mi último intento  por achacarle la responsabilidad a otro. Aunque tan solo sea por decidir qué comer.

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Supongo que al principio he sido un poco dura al juzgar a quienes hacen propósitos de año nuevo, al menos ellos saben para qué quieren este nuevo año. Y aunque quizás no concuerde con los propósitos: bajar de peso, ser mejor persona, ir a la luna y otras vaguedades parecidas, esto revela que, en el fondo, ellos saben que el año nuevo se quiere para vivir más. Para ser más libres y, como no se es libre en general, para tomar decisiones. No podemos huir de ello, es la única manera de ejercer nuestra libertad y de hacernos a nosotros mismos. Porque somos seres inacabados e incompletos, con una tarea estética por delante.  El año nuevo significa esto: el caer en la cuenta del hombre de la tarea que su vida supone para sí mismo.

Por fin podemos…

“Por fin podemos poner al descubierto también el estado de ánimo de aquella generación que en la era de la tecnología solo vio a la muerte espiritual o a una mecánica desalmada. Hemos descubierto el pluralismo de la vida espiritual y sabemos que el área central de la existencia espiritual no puede ser un área neutral y que es errado solucionar un problema político con antítesis del tipo “mecánico y orgánico”, o “vida y muerte”. Una vida que frente a sí misma no tiene más que la muerte ya no es vida sino impotencia y desamparo. Aquel que ya no conoce más enemigo que la muerte, y que no ve en sus enemigos más que mecánica vacía, se encuentra más cerca de la muerte que de la vida y la cómoda antítesis de lo orgánico y lo mecánico es, en sí misma, algo burdamente mecánico. Un agrupamiento que, por un lado ve solo espiritu y vida y, de otro lado solo muerte y mecánica, significa tan solo renuncia a la lucha y tiene únicamente el valor de un lamento romántico. Porque la vida no lucha contra la muerte y el espíritu no lo hace contra la insipidez. El espíritu lucha contra el espíritu, la vida contra la vida, y de la fuerza de un conocimiento integral surge el orden de las cosas humanas. Ab integro nascitur ordo“.
Karl Schmitt

Renuncio al presente

El tiempo no suele existir en presente. El tiempo es eso quieres que pase o que notas cuando ya ha pasado. Si, ya me han dado un millón y medio de charlitas sobre vivir el momento, disfrutar del presente “que es lo único que existe”, carpe diem y demás fondos de pantalla. Y será así, pero la verdad es que para mí el tiempo en pasado y en futuro es mucho más real que el aquí y el ahora. El pasado tiene más sustancia, está hecho, se puede reflexionar sobre él, volver sobre él porque es estable. El futuro es totalmente flexible, se puede soñar sobre él y moldearlo al gusto. Pero el presente, el presente sí que da miedo, porque es lo único sobre lo que realmente tienes influencia. Es lo único sobre lo que real y efectivamente puedes actuar y si eso no te da mucho miedo, no sé qué lo hará.

Sí, es cuestión de cobardía, pero qué le voy a hacer si es lo que hay. Pero no os penséis que soy la típica frustrada que quiere cambiar su pasado. Para nada. Me gusta mi pasado, de hecho lo que me ocurre a veces es que me aturde el presente. Siento que lo poco que he vivido, que es muy poco y supongo que poco intenso comparado con otras vidas, me da ya demasiado en qué pensar, reflexionar y entender tantas cosas que aún no comprendo. Y con intensidad no me refiero a que no haya disfrutado, sino que tantas veces sencillamente no me he dado cuenta, la vida me ha pasado por debajo de la nariz. Porque la vida no es tirarse de paracaídas en el Amazonas, la vida es ir a hacer la compra, cerrar los ojos y pensar: “Vale, esto es la vida”.

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Es por esto que me aturdo cuando me doy cuenta de que cada día solo se suman a mi vida más cosas sin entender, y que el tiempo no me da para pensar ni una décima parte de ellas. Quisiera encerrarme y ponerle pausa a la vida hasta que haya logrado aclararme un poco con lo que ya sé y lo que ya he vivido, que  a pesar de ser nada, ya es mucho para mi aún más pequeña capacidad mental. Quisiera vivirlo de verdad, quererlo y darle un sentido, me frustra pensar que he vivido tantas cosas pero que aún no he sabido darles sentido, están ahí como flotando entre pensamientos, asignaturas y exámenes, esperando a que me pare a pensar y les llene de algo más, algo más mío.

Porque a veces me parece que es otra quien las ha vivido. Me son tan ajenas, no he podido hacerlas propias tantas veces, a veces por mi culpa y otras porque el ritmo de la vida no me lo permite. Y me frustra pensar que luego el tiempo va pasando y se diluyen entre todo lo nuevo,  y me parece que no tengo una biografía sino más bien que todos los agobios, y también los no agobios, todo lo que vivo cada día, lo que disfruto y lo que sufro, van anulando lo que no he sabido interiorizar y apropiarme. Y eso me hace sufrir. Porque reconozco que es, o era, parte de mí y lo estoy perdiendo, voy dejando que se escape.

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A veces quisiera tener un “pensadero” como el de Dumbledore, un sitio para sacarme las memorias y pensamientos de la cabeza y poder repasarlos y verlos, con calma, volver sobre ellos, tenerlos guardados para reflexionarlos con mayor lucidez. Es verdad que la libreta ayuda, pero aún tengo una relación difícil con las palabras y me cuesta poner en tinta tanto lo de dentro como lo de fuera.

Supongo que en el fondo todo está relacionado: no es cuestión solo de amar las palabras, sino también de hacerlas mías, lograr que sean parte de mí, tanto como para que la mediación entre lo que llevo dentro y lo que escribo sea cada vez menor. Porque me he dado cuenta de que el problema del tiempo no es que pase, sino que se quede, porque es entonces cuando empieza a pesar. Se queda adherido a mí y el alma se me empieza a llenar de días y meses, pegados como con superglue pero sin que lleguen a formar realmente parte de mí. El tiempo es desgaste, es hacerse viejo, es la falta de permanencia, es acumulación. En cambio, la eternidad es eterna juventud, es interiorizar, es crecer y no acaparar. Aquí está el secreto, que yo no he logrado dominar. En palabras de Rafael Alvira es “convertir la anterioridad en interioridad, no dejar que se escape”. Mantener en presente mi pasado, convertirlo en vida, en juventud. No dejar que se convierta en un baúl polvoriento lleno de recuerdos viejos, porque en el fondo eso es lo que pasa cuando el pasado se deja atrás. No. No se trata de dejar el pasado atrás, sino de tenerlo presente, de hacerlo tan actual que se convierta en más vida. 

La lluvia huele a nostalgia

Llevo algunos días enferma y sin poder usar mucho mi sentido del olfato, y la verdad es que nunca había dedicado mucho tiempo a reflexionar acerca de los olores. Ahora que me he puesto, resulta que no me sale nada más que olores específicos y asociaciones de momentos, de personas, de épocas a esos olores. Quizás sea porque la única reflexión que se puede hacer de los olores es que  poseen una carga inmensa de subjetivismo y de pasado, una carga inseparable de tardes de domingo y de comidas familiares, de noches en la playa y de Navidad. La reflexión más general que puedo hacer es decir que los olores son detestablemente particulares, son a nivel sensorial lo más cercano a la intencionalidad conceptual. No dejan espacio para reflexionar, te llevan directamente a las escenas.

Como esa mañana de 24 de diciembre, que en mi casa ya es Navidad, que huele aropa de estreno y a peinado de peluquería. Huele a emoción y a familia, con un toque de nervios, porque nunca se sabe lo que traerá este día este año. Hace tres fue un árbol chamuscado, hace cuatro petardos en la chimenea, curiosamente siempre huele a fuego. Huele al perfume de mi abuela y, por muy raro que parezca, huele a mariscos. Y puedo jurar que con todo y el olor a langostino, los 24 de diciembres no podrían oler mejor.

Creo que los olores están tan intrincados en nuestra vida y, más que en nuestra vida, en nuestras confusiones que ni siquiera nos molestamos en teorizar sobre ellos. No nos damos cuenta pero el mundo huele (y huele un poco mal) y la historia de la humanidad también, y nuestra vida, aunque no nos demos cuenta, no puede evitar despedir un olor. He oído que nuestro sentido del olfato percibe mejor los malos olores que los buenos aromas, y será así, pero aunque los notemos menos los olores que asociamos a momentos importantes o intensos, aunque en ese instante no lo notemos, muchas veces no podemos evitar recordar ese momento sin que “ese” olor venga inmediatamente a nuestra memoria. Y casi me atrevo a decir que mi biografía puede construirse con unos cuantos olores, porque mejor que una foto, un olor acierta a unir momentos, imágenes, sensaciones y emociones, e incluso pensamientos, que quedan todos inseparablemente ensamblados. Son mis olores. Más míos que los sonidos y que las imágenes visuales, másmíos que las texturas, porque con un olor vienen todos estos en avalancha.

¿Y cuáles son mis olores? El olor a Navidad y el olor a hora del almuerzo en el colegio, olor a tormenta y a tierra húmeda, olor a río por la mañana y a comida de domingo, el olor a libro viejo, olor a septiembre y a Campus, olor a aeropuerto. Olor a citronela. Y son estos y no otros porque a esto huelen las cosas que más quiero en la vida, las cosas que son mi vida. Mi vida huele a esto, o al menos eso espero. Porque no solo hay olor a “vainilla” y a “canela”, sino que también hay olor a vida y a muerte, a cosas que empiezan y a finales inevitables, el olor característico de la aventura y el nauseabundo hedor del tedio. Y hay olores que huelen a emociones y emociones que huelen a perfume. Y la lluvia huele a nostalgia y, en mi caso, la nostalgia huele a lima.  Image

 

 

 

 

La amistad va de dos

Me ha costado mucho escribir este texto porque creo que desde hace algún tiempo no me había sentido agradecida por la amistad. No le había dado muchas vueltas, me sonaba a charla de adolescentes y a “pastelada”.  Sin embargo, ayer por la noche más que una iluminación tuve un momento de amistad. Había pensado en hablar acerca de querer a las amigas por lo que son, de no sacarles beneficios, pero luego me di cuenta de que nada de eso me parecía importante. Que lo que realmente me hacía admirarme no eran los detalles metafísicos de la cuestión, sino el hecho de que haya personas con las que siempre, siempre, pueda tener una conversación interesante, con las que aprenda cada vez, con las que me descubra a mí misma en mi relación con ellas. Esto sí que me hace removerme lo suficiente como para escribir, y no solo porque existan ese tipo de personas, sino también porque lo característico de la amistad es la reciprocidad.

A veces se piensa en la amistad como sinónimo de amor, y es verdad que en la amistad hay amor verdadero, pero no basta con querer a alguien para ser su amigo, el otro tiene que quererte también y tiene que querer ser tu amigo. Quizás podría sonar más noble si dijésemos que no hace falta que el otro quiera, que es un amor por completo desinteresado, pero en el fondo, la amistad es aquella que  proporciona un beneficio, un placer, pero que a la vez se quiere al otro por quien él es. Aristóteles decía que existen tres tipos de amistad: por interés, por placer y la amistad verdadera que era la amistad honesta, donde se quiere a la persona por sí misma. Pero me parece que es importante comprender que la amistad verdadera no anula sino que incluye las otras dos amistades. Quiero a mis amigas por lo que son pero me admiro de que pueda aprender de ellas, de que haya gente, muy poca, con quien pueda hablar y hablar sin aburrirme, con quienes realmente llegue a sentirme comprendida. No sé si esto estará rayando en las frases de Hallmark, pero es algo así como “almas gemelas de amistad”. No es tan noble como el pensamiento de que cualquiera puede ser tu mejor amigo, pero es más real. Son solo unas pocas personas con las que te encontrarás en la vida con quienes realmente logres esa profunda comprensión, ese click irracional, o quizás íntimamente racional, por el cual dos personas están en la misma página de sus vidas. No significa que estén de acuerdo en todo o que piensen igual, pero sí que buscan lo mismo, que están juntos en una búsqueda y prefieren hacerla en compañía. Quizás baste con un momento, un momento de profunda comprensión, no hacen falta décadas de conocimiento ni saber qué desayunó el otro cada día, sino una intimidad que va más allá, una complicidad que viene no de saber que saben lo mismo, sino de saber que no saben algo y lo buscan juntos. Y, ¿qué puede ser eso que buscan que les une tanto? Solo se me ocurre pensar que no pueden ser tan solo fiestas y pintauñas.

Por último, a pesar de esta cercanía, otro elemento clave en la amistad es que no se posee a la otra persona por completo. Cuando crees que ya has llegado a la cumbre la amistad, con esta conversación, con este momento, te sorprendes. No se agota, porque en el fondo descubres que la persona es inabarcable, insustituible y que no es una cosa, no puedes poseerla. Si la posees, la manipulas y en la amistad no cabe la manipulación. Es por esto que las amistades nunca se dan por sentado, por mucho que sepas que el otros siempre estará ahí no puedes darlo por sentado porque sería manipularla, “objetizarla”.

Esta es la constante tensión en la que se mueve la amistad: el saber que no puede darse por sentada, que requiere trato y cuidado, pero a la vez saber que es para siempre (o que tiene vocación de serlo). Porque más importante que el comienzo de una amistad es saber que está llamada a no tener final, que los verdaderos amigos aunque estén separados en el tiempo están unidos por la eternidad.