amor

Nadie quiere un amor

Todo lo que me gusta leer es un poco triste. Supongo que es decirlo es el primer paso en el proceso de aceptación. En los últimos meses me lo han dicho varias personas, con un tono ligeramente preocupado: “Todos los libros que te gusta leer son deprimentes”. Al principio pensé que era una exageración, que habían algunos libros que no eran tristes, pero luego pensé que verdaderamente muchas veces me gustan las cosas tristes. Tristes, pero no deprimentes. No deprimentes porque lo deprimente empieza cuando no se encuentra un sentido en la tristeza. La belleza del sufrimiento, de las perdidas no está en el puro sentir del dolor, los grandes escritores no hablan del sufrimiento por masoquismo, sino porque probablemente solo ahí hayan sabido encontrarse a ellos mismos, y esa es la única historia que vale la pena contar.

 

Entonces sí, me gustan los libros tristes porque me he dado cuenta de que “la creación es el milagro del paso por la negación”, y que una vida llena de optimismo vacío no tiene nada de vida y nada de verdadero optimismo. De que el verdadero entusiasmo, las verdaderas ganas de vivir, no vienen más que del enfrentamiento con quien uno es, y ese enfrentamiento no suele encontrarse en las historias sencillas y alegres, y que hasta los cuentos de hadas necesitan un villano. Y sobre todo me he dado cuenta de que hay libros tristes, que hablan del sufrimiento, del dolor, de la pérdida, pero por debajo de todo esto hablan de la posibilidad de una vida que incluya esto, de que el sufrimiento se autoimpone y la clave del verdadero optimismo no está en evitarlo sino en aceptarlo.

 

No quiero ser nunca una de esas personas que intentan enmascarar su desencanto por la vida en seriedad o falso intelectualismo, no quiero nunca llenarme de amargura creyendo que es realismo. Y sin embargo, no quiero tampoco dejar de defender las historias que aparentemente no tienen un final feliz. Porque en un libro a veces no importa el final feliz sino la buena historia. Porque no one wants a love, but a lovestory. Nadie quiere un amor fugaz, nadie quiere un solo un  final feliz, porque todos saben que cuando se trata de amor y de todo lo importante, no se habla de finales, sino de historias. Porque lo único que puede darle sentido al sufrimiento es el amor. Por eso no colecciono historias tristes, sino historias de amor.

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La amistad va de dos

Me ha costado mucho escribir este texto porque creo que desde hace algún tiempo no me había sentido agradecida por la amistad. No le había dado muchas vueltas, me sonaba a charla de adolescentes y a “pastelada”.  Sin embargo, ayer por la noche más que una iluminación tuve un momento de amistad. Había pensado en hablar acerca de querer a las amigas por lo que son, de no sacarles beneficios, pero luego me di cuenta de que nada de eso me parecía importante. Que lo que realmente me hacía admirarme no eran los detalles metafísicos de la cuestión, sino el hecho de que haya personas con las que siempre, siempre, pueda tener una conversación interesante, con las que aprenda cada vez, con las que me descubra a mí misma en mi relación con ellas. Esto sí que me hace removerme lo suficiente como para escribir, y no solo porque existan ese tipo de personas, sino también porque lo característico de la amistad es la reciprocidad.

A veces se piensa en la amistad como sinónimo de amor, y es verdad que en la amistad hay amor verdadero, pero no basta con querer a alguien para ser su amigo, el otro tiene que quererte también y tiene que querer ser tu amigo. Quizás podría sonar más noble si dijésemos que no hace falta que el otro quiera, que es un amor por completo desinteresado, pero en el fondo, la amistad es aquella que  proporciona un beneficio, un placer, pero que a la vez se quiere al otro por quien él es. Aristóteles decía que existen tres tipos de amistad: por interés, por placer y la amistad verdadera que era la amistad honesta, donde se quiere a la persona por sí misma. Pero me parece que es importante comprender que la amistad verdadera no anula sino que incluye las otras dos amistades. Quiero a mis amigas por lo que son pero me admiro de que pueda aprender de ellas, de que haya gente, muy poca, con quien pueda hablar y hablar sin aburrirme, con quienes realmente llegue a sentirme comprendida. No sé si esto estará rayando en las frases de Hallmark, pero es algo así como “almas gemelas de amistad”. No es tan noble como el pensamiento de que cualquiera puede ser tu mejor amigo, pero es más real. Son solo unas pocas personas con las que te encontrarás en la vida con quienes realmente logres esa profunda comprensión, ese click irracional, o quizás íntimamente racional, por el cual dos personas están en la misma página de sus vidas. No significa que estén de acuerdo en todo o que piensen igual, pero sí que buscan lo mismo, que están juntos en una búsqueda y prefieren hacerla en compañía. Quizás baste con un momento, un momento de profunda comprensión, no hacen falta décadas de conocimiento ni saber qué desayunó el otro cada día, sino una intimidad que va más allá, una complicidad que viene no de saber que saben lo mismo, sino de saber que no saben algo y lo buscan juntos. Y, ¿qué puede ser eso que buscan que les une tanto? Solo se me ocurre pensar que no pueden ser tan solo fiestas y pintauñas.

Por último, a pesar de esta cercanía, otro elemento clave en la amistad es que no se posee a la otra persona por completo. Cuando crees que ya has llegado a la cumbre la amistad, con esta conversación, con este momento, te sorprendes. No se agota, porque en el fondo descubres que la persona es inabarcable, insustituible y que no es una cosa, no puedes poseerla. Si la posees, la manipulas y en la amistad no cabe la manipulación. Es por esto que las amistades nunca se dan por sentado, por mucho que sepas que el otros siempre estará ahí no puedes darlo por sentado porque sería manipularla, “objetizarla”.

Esta es la constante tensión en la que se mueve la amistad: el saber que no puede darse por sentada, que requiere trato y cuidado, pero a la vez saber que es para siempre (o que tiene vocación de serlo). Porque más importante que el comienzo de una amistad es saber que está llamada a no tener final, que los verdaderos amigos aunque estén separados en el tiempo están unidos por la eternidad.