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Por bolsos más ligeros

Por tercera vez consecutiva me pregunto si me estoy dejando algo. Reviso en el bolso y lo llevo todo: la cartera y dentro de ella las tarjetas de crédito, algo de dinero, los vales de promoción de la tienda de yogur helado, del supermercado y de la floristería en la que compré unas flores hace dos meses. Está también el DNI y el carné de membresía del video club que cerró el año pasado pero que con superstición me rehúso a tirar, así como otros cuantos carnés de “cliente frecuente” de perfumerías, librerías y tiendas de ropa. Llevo también una cajita con medicinas, sólo lo básico: para el dolor de cabeza, de estómago, de garganta, alergias, náuseas, gotas para los ojos y un par de pastillas para dormir. Nunca se sabe.

Además de estas cosas, en mi bolso llevo también unas gafas de repuesto, unas gafas de sol, unos kleenex, un bolígrafo y una libreta, unos caramelos por si me da hambre, algo de cacao para los labios y crema de manos. Reviso la batería de mi móvil y después de un segundo dubitativo meto también el cargador portátil. Justo antes de salir veo en la mesilla de la entrada una pinza para el pelo y un USB. Los meto también. Por si acaso. Ahora sí me siento medianamente segura para enfrentar lo que me espera allá afuera. ¿Montañas escarpadas e interminables desiertos?

Cualquiera diría que me embarco en una travesía de días y que no sé con qué puedo encontrarme en el viaje. Sin embargo, en realidad no es nada difícil saber con qué voy a encontrarme cuando recorro exactamente el mismo camino cada día y sobre todo cuando no voy a ausentarme de casa más que dos horas para ir a clase. Pero no me gusta determinarme. Me gusta pensar que, si repentinamente me invitan a escalar el Annapurna, tendré conmigo todo lo necesario.

Es habitual querer controlarlo todo, querer llevarlo todo en la mochila, no pertenecer a ningún sitio y querer meter la casa en el bolso y, si cabe, en el móvil. Atemoriza encontrarse en una situación de falta y se anticipan las propias necesidades casi de forma enfermiza. Se vive pensando en un eterno “por si acaso”. Es la ambigüedad propia de quien teme definirse, porque piensa que si se moja no podrá jugar a otra cosa.

Falta madurez para comprender que la vida se trata de esto: de tomar decisiones que determinan y limitan y que más de alguna vez llegará la situación de necesidad. Y que no pasará nada. De asumir esto, se viviría con más tranquilidad, sabiendo que no se encontrarán dragones. Que aunque consuele la palabra “precavidos” quizás signifique “indefinidos”. En lugar de decir “nunca se sabe”, se sabría y se llevaría lo que lleva quien en breves volverá a casa. También los bolsos pesarían menos. Aunque solo fuera por eso, valdría la pena hacer el cambio.

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