futuro

Renuncio al presente

El tiempo no suele existir en presente. El tiempo es eso quieres que pase o que notas cuando ya ha pasado. Si, ya me han dado un millón y medio de charlitas sobre vivir el momento, disfrutar del presente “que es lo único que existe”, carpe diem y demás fondos de pantalla. Y será así, pero la verdad es que para mí el tiempo en pasado y en futuro es mucho más real que el aquí y el ahora. El pasado tiene más sustancia, está hecho, se puede reflexionar sobre él, volver sobre él porque es estable. El futuro es totalmente flexible, se puede soñar sobre él y moldearlo al gusto. Pero el presente, el presente sí que da miedo, porque es lo único sobre lo que realmente tienes influencia. Es lo único sobre lo que real y efectivamente puedes actuar y si eso no te da mucho miedo, no sé qué lo hará.

Sí, es cuestión de cobardía, pero qué le voy a hacer si es lo que hay. Pero no os penséis que soy la típica frustrada que quiere cambiar su pasado. Para nada. Me gusta mi pasado, de hecho lo que me ocurre a veces es que me aturde el presente. Siento que lo poco que he vivido, que es muy poco y supongo que poco intenso comparado con otras vidas, me da ya demasiado en qué pensar, reflexionar y entender tantas cosas que aún no comprendo. Y con intensidad no me refiero a que no haya disfrutado, sino que tantas veces sencillamente no me he dado cuenta, la vida me ha pasado por debajo de la nariz. Porque la vida no es tirarse de paracaídas en el Amazonas, la vida es ir a hacer la compra, cerrar los ojos y pensar: “Vale, esto es la vida”.

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Es por esto que me aturdo cuando me doy cuenta de que cada día solo se suman a mi vida más cosas sin entender, y que el tiempo no me da para pensar ni una décima parte de ellas. Quisiera encerrarme y ponerle pausa a la vida hasta que haya logrado aclararme un poco con lo que ya sé y lo que ya he vivido, que  a pesar de ser nada, ya es mucho para mi aún más pequeña capacidad mental. Quisiera vivirlo de verdad, quererlo y darle un sentido, me frustra pensar que he vivido tantas cosas pero que aún no he sabido darles sentido, están ahí como flotando entre pensamientos, asignaturas y exámenes, esperando a que me pare a pensar y les llene de algo más, algo más mío.

Porque a veces me parece que es otra quien las ha vivido. Me son tan ajenas, no he podido hacerlas propias tantas veces, a veces por mi culpa y otras porque el ritmo de la vida no me lo permite. Y me frustra pensar que luego el tiempo va pasando y se diluyen entre todo lo nuevo,  y me parece que no tengo una biografía sino más bien que todos los agobios, y también los no agobios, todo lo que vivo cada día, lo que disfruto y lo que sufro, van anulando lo que no he sabido interiorizar y apropiarme. Y eso me hace sufrir. Porque reconozco que es, o era, parte de mí y lo estoy perdiendo, voy dejando que se escape.

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A veces quisiera tener un “pensadero” como el de Dumbledore, un sitio para sacarme las memorias y pensamientos de la cabeza y poder repasarlos y verlos, con calma, volver sobre ellos, tenerlos guardados para reflexionarlos con mayor lucidez. Es verdad que la libreta ayuda, pero aún tengo una relación difícil con las palabras y me cuesta poner en tinta tanto lo de dentro como lo de fuera.

Supongo que en el fondo todo está relacionado: no es cuestión solo de amar las palabras, sino también de hacerlas mías, lograr que sean parte de mí, tanto como para que la mediación entre lo que llevo dentro y lo que escribo sea cada vez menor. Porque me he dado cuenta de que el problema del tiempo no es que pase, sino que se quede, porque es entonces cuando empieza a pesar. Se queda adherido a mí y el alma se me empieza a llenar de días y meses, pegados como con superglue pero sin que lleguen a formar realmente parte de mí. El tiempo es desgaste, es hacerse viejo, es la falta de permanencia, es acumulación. En cambio, la eternidad es eterna juventud, es interiorizar, es crecer y no acaparar. Aquí está el secreto, que yo no he logrado dominar. En palabras de Rafael Alvira es “convertir la anterioridad en interioridad, no dejar que se escape”. Mantener en presente mi pasado, convertirlo en vida, en juventud. No dejar que se convierta en un baúl polvoriento lleno de recuerdos viejos, porque en el fondo eso es lo que pasa cuando el pasado se deja atrás. No. No se trata de dejar el pasado atrás, sino de tenerlo presente, de hacerlo tan actual que se convierta en más vida. 

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Un pensamiento profundo.

“Quizá nuestras viejas heridas nos enseñen algo. Nos recuerdan dónde hemos estado, y qué hemos superado. Nos enseñan lecciones sobre qué evitar en el futuro. Eso es lo que nos gusta pensar. Pero así no es como es, ¿verdad? Algunas cosas tenemos que aprenderlas una, otra, y otra vez.”

Me he dado cuenta de que muchas veces la verdadera razón del desánimo y de la desesperación es que vemos los errores, las caídas y el sufrimiento con una especie de “optimismo” equivocado. “Si supero esto, todo será mejor”, “Si esta vez me engañaron, no me volveré a dejar”, “Si aguanto este sufrimiento, nunca volveré a sufrir”. Pero esto no es real y cuando nos damos cuenta, nos hundimos. Puede ser que si superamos este o aquel momento difícil, el sufrimiento termine. Pero también puede ser que no.

A veces el dolor y el sufrimiento se alarga más de lo que pensamos que debería y es difícil de comprender porque pensamos que ya hemos aprendido todo. Pero quizá falta más por aprender. Quizá tenemos que volver a equivocarnos, quizá tienen que volver a lastimarnos de la misma manera, porque todavía no hemos aprendido todo lo que podíamos aprender de esta situación. La vida está hecha a la medida, cada uno vive lo suyo y sufre lo suyo. Cada quien vive, precisamente, su vida. Por eso, aunque muchas veces pensemos que ya estamos hartos de caer siempre en lo mismo o de que tal o cual problema no termine nunca, tenemos que pensar: “quizás aún no lo he aprendido todo de esto”.

“Algunas cosas tenemos que aprenderlas una, otra y otra vez”. Sí. Algunos errores nos enseñarán qué evitar en el futuro, pero otros solo nos darán pistas sobre dónde volveremos a caer, porque somos así, y algunas cosas nos costarán toda la vida. Y a eso le llamamos lucha. Porque la lucha no se hace siempre contra un enemigo nuevo, porque las batallas más duras se libran en nuestro interior y por lo general el enemigo es siempre el mismo: yo.

A veces dicen, como un poco decepcionados, que el hombre es el único animal que se tropieza más de una vez con la misma piedra. Es verdad, nos tropezamos con la misma piedra muchas veces, pero también es verdad que somos el único animal que puede aprender algo nuevo de cada tropiezo. Incluso cuando es con la misma piedra.

Marina: Gracias por el pensamiento ;).