lenguaje

Hablar para cambiar el mundo

Este ensayo es una defensa de las palabras. Me parece que las pobres palabras están infravaloradas. Están hartas de un siglo en donde solo se las usa para escribir letras para Justin Bieber y mensajes de texto en clave “sms”. Me parece que las palabras, que tanto nos han dado en sus largos años de vida, se merecen una apología digna y espero que este ensayo sirva un poco, muy poco, a ese propósito. Estamos acostumbrados a pensar que cuando utilizamos las palabras no hacemos más que decir cosas. Somos tan simplistas que pensamos que cada vez que abrimos la boca lo hacemos para describir lo que vemos. Y pensamos que la única manera de expresar la verdad en nuestras palabras es a la manera de un “test”: por un lado las palabras, por otro el mundo, los comparo y si coinciden, “tengo” verdad. No niego que cuando coinciden las palabras y el mundo, lo que decimos sea verdad. Sin embargo, tantas veces los hombres utilizamos las palabras para expresar verdades sin hablar directamente de lo que queremos significar. Y justamente este uso del lenguaje me parece que logra captar numerosas verdades que son tantas veces difíciles de describir y de llamar por su nombre.

Image

Está claro que para encontrar la verdad en nuestras palabras no podemos simplemente mirar hacia el lenguaje, tenemos que levantar la cabeza y ver el mundo. Y ver el mundo y entender el   sentido de lo que se nos quiere decir. Cuando la sabiduría popular dice que a “quien anda entre la miel, algo se le pega”, no quiere decirnos que tenemos que tener cuidado de no quedar pegajosas después de caminar sobre el producto de las abejas, sino a que cuando nos movemos en un cierto ámbito o realidad, corremos el riesgo de adquirir costumbres o hábitos de esa realidad. Y sin embargo, mi pretendida explicación del refrán sigue siendo mucho menos expresiva que el refrán mismo, cargado de significado y económico con el uso de las palabras. Puedo intentar explicar el refrán en dos hojas para intentar hablar directamente de las realidades a las que quiero referirme, pero probablemente estaré perdiendo mi tiempo, ya que quien entiende el refrán no va a la realidad a buscar las palabras “miel” y “andar”, sino que comprende el sentido de las palabras.  Es un tipo de verdad distinta, que no se basa en una correspondencia fáctica entre la palabra y lo que objetivamente ésta designa, sino en comprender el sentido de las palabras y a la vez comprender el sentido de la realidad. Y comprender que estos dos sentidos son a la vez uno solo.

Claramente, esto no siempre es fácil, ya que implica intentar conectar mi mente con la mente de quien o quienes han expresado estas palabras. Sin embargo, me parece que es muy humano. Es más propio del hombre comprender el sentido de las cosas que buscar una coincidencia perfecta entre palabras y mundo, como si comparáramos una pintura con la realidad que representa, intentando dilucidar si es o no una representación fidedigna. De la misma manera que no estaría apreciando el arte, esto no sería un uso correcto del lenguaje, sino un uso mecánico y frío. Es por ello que para expresar las cosas más valiosas no solemos valernos de tesis doctorales, sino de poemas y canciones. De hecho, las verdades más valiosas que hasta el momento se le han otorgado al hombre están expresadas de modo indirecto, en parábolas. Aunque luego estas siempre requieran explicación, ya que la comprensión del sentido de las palabras no es inmediato, sino que requiere del uso de nuestra razón, pero esto es solo un motivo más para apreciarlas ya que nos ayudan a ejercitar una de las más elevadas de nuestras facultades.

Por otro lado, me asombra y a la vez me asusta el descubrimiento de que nuestras palabras pueden hacer cosas. La palabra del hombre tiene peso. El viento no se lleva las palabras, o por lo menos no todas las palabras. Una promesa no es decir algo, de hecho cuando hacemos una promesa hacemos algo, creamos un lazo real, no es un decir, por ello es que si se rompe, duele. Tengo la sospecha de que no solo cuando tenemos la intención de que nuestras palabras hagan cosas, como es el caso de las promesas o de decir “que se abra la sesión” y que se abra, que nuestras palabras hacen cosas. Cuando un chico le dice a una chica que la quiere y que quiere estar con ella, aunque no sea verdad, hace algo. Hace algo en ella. Algo cambia en ella y este cambio es irreversible. Por mucho que su intención no haya sido esta o incluso si estas palabras no son verdaderas. Y es por eso que luego ella, aunque quiera olvidarse de él, seguirá recordando una y otra vez sus palabras. Porque sus palabras no eran sin más palabras, no estaba tan solo diciendo cosas. Hizo cosas en ella y por eso ella no puede simplemente convencerse de que lo que él dijo era mentira. No puede evitarlo. Y quizá esto pueda sonar un poco fantasioso, como si las palabras mágicamente pudiesen cambiar las cosas. Y sin embargo, es así, tal cual. Por ello es que tenemos que tener mucho cuidado con lo que decimos, porque no decimos simplemente, sino que es un pronunciar y a la vez que pronunciamos dotamos a las cosas de sentido, dotamos a las cosas de una nueva realidad. No podemos permitirnos usar el lenguaje vanamente. Tenemos mucho poder en nuestras manos (o mejor dicho en nuestras bocas), aunque la mayoría de las veces no lo sepamos ni nos demos cuenta de que las palabras pueden cambiar el mundo, y, como sabiamente dijo el tío de Peter Parker: “with a great power comes a great responsibility”.  Image

Paul Klee

Anuncios

Vaguedad: el problema de la representación del mundo

El problema de la vaguedad en el lenguaje no es un problema propio solo de la filosofía. En las conversaciones diarias muchas veces nos enfrascamos en discusiones que pensamos que serían innecesarias si el otro pudiera comprendernos mejor. La pregunta por la vaguedad del lenguaje surge cuando nos damos cuenta de que nuestra única manera de conocer los pensamientos de otros es si estos voluntariamente los expresan por medio del lenguaje y así mismo es la única manera que tenemos para que otros conozcan nuestros pensamientos. Pero antes de culpar de poco exacto al lenguaje cotidiano, debemos cuestionarnos si es que los otros no entienden lo que yo les digo o es que yo no me sé expresar o es que estoy intentando expresar lo inexpresable.

En cierto modo, todas estas cuestiones radican en que el lenguaje humano, en tanto que actividad de un ser limitado, es también limitado. Tal como Russell dice, la posibilidad de un lenguaje perfecto y que tenga una significación precisa, es tan solo ideal. Dice en su artículo “Vaguedad” que “…somos capaces de concebir la precisión”. Se propone luego  definir la precisión, lo exacto, pero la ha definido con lenguaje común, para luego aplicarla y utilizarla como modelo de su lenguaje lógico exacto. Sin embargo, no podemos fiarnos mucho de ese lenguaje ya que estaría basado en una definición imprecisa de la precisión. El negar la posibilidad de ser precisos en nuestro lenguaje nos introduce en un círculo vicioso de imprecisiones del que no podemos salir, ni si quiera con un lenguaje idealmente preciso.  Si Russell fuera consecuente con su teoría, que no implica que no seamos capaces de concebir la precisión sino solo de definirla mediante el lenguaje común, la definiría solamente mediante el lenguaje lógico preciso. Sin embargo, la precisión es una noción común, no lógica. Russell es consciente de esto y por ello dice que el lenguaje lógico en realidad se basa en una creencia imaginaria de un significado preciso para los términos lógicos.

Según Russell, la noción de vaguedad es aplicable a cualquier representación y por lo tanto también a la capacidad representativa de nuestro conocimiento. Esto se debe asimismo a la capacidad limitada de nuestro conocimiento, pero no a un defecto de las cosas. Las cosas son como son  pero nuestro conocimiento, al conocerlas, no las agota. Por lo tanto, aunque una representación del entendimiento sea verdadera (es decir, represente lo representado) es posible que no lo represente por completo. Un ejemplo podría ser nuestro conocimiento de nuestra madre. Si alguien nos preguntara si conocemos a nuestra madre, sin duda responderíamos que sí y con razón. Sin embargo, cuando nos piden que la describamos nos damos cuenta de que no sabemos decir exactamente cómo es nuestra madre. En primer lugar, porque aunque la conocemos mucho, nuestra madre es mucho más que lo que conocemos sobre ella. En segundo lugar, porque incluso lo que conocemos de ella es difícil de expresar con palabras y lo más seguro es que terminemos la conversación con un: “Tienes que conocerla”. Esto no quiere decir que nuestra madre tenga una forma de ser vaga y por ello no podamos describirla, al contrario, significa que tiene una forma de ser tan precisa que no tenemos suficientes palabras como para describirla. Lo mismo sucede con otras realidades aparentemente vagas. Un ejemplo es el crepúsculo. No es ni día ni noche, sin embargo esto no quiere decir que sea una realidad vaga sino más bien que posee una forma de ser tan específica que no es ni día ni noche, sino que es lo que es: crepúsculo.

Pero, ¿es la vaguedad a la hora de comunicarnos solamente culpa de limitaciones del lenguaje o es también en parte culpa nuestra por no saber utilizarlo? Si creemos que meaning is use, como decía Wittgenstein, entonces para evitar la vaguedad tenemos que concentrarnos en el uso. En hacer que nos entiendan. Siguiendo con la metáfora de Russell, la exactitud depende de cómo mires las cosas. Pero no de qué tan cerca o de qué tan lejos las mires, sino de que las mires como son. Y en ese sentido, de que al hablar, te refieras a ellas como son. Es una lucha constante por conjugar leguaje, pensamiento y mundo que no estará nunca ganada, sino que se lucha en cada momento concreto. Y según se venza o se falle nos habremos hecho entender un poco más o menos por otro y habremos dado un paso en la comunicación. En resumen, es una lucha continua por hacer que nuestras palabras signifiquen cada vez más nuestros pensamientos y que nuestros pensamientos signifiquen cada vez más las cosas. Y esta lucha debe ser constante, sin descanso, porque mientras pensamos y hablemos no habremos ganado definitivamente.  

En cualquier caso, si tuviéramos un lenguaje preciso que no requiriera de ningún esfuerzo por nuestra parte para utilizarlo y hacernos entender perfectamente, seríamos computadoras. Pero el lenguaje humano es precisamente humano porque es su uso por parte de las personas lo que dictamina su significación y lo que hace posible una comunicación que no es solo para hacer llegar información perfectamente, sino para resolver necesidades de comunicación propias de las personas humanas.