opinión

Epidemia: delirios de creer saber

Reproduzco una columna publicada en Republicagt.com (http://www.republicagt.com/opinion/epidemia-delirios-de-creer-saber/)

Existe una enfermedad que nos aqueja a todos los hombres, en mayor o menor medida. Es difícil descubrirla pues muchas veces se manifiesta de manera similar a la conversación fácil o al interés en los asuntos públicos. Sus síntomas incluyen el alzado en el volumen de la voz y el uso de frases tales como: “según escuché”, “según me contaron”. Efectos secundarios: disminución del cociente intelectual y aumento del flujo de “humos en la cabeza”. Puede manifestarse en los momentos más inoportunos, incluso en aquellos con las mejores con las mejores defensas, y en los últimos años ha ocurrido un brote epidémico en los ámbitos digitales de interacción social, mejor conocidos como “las redes”.

Se trata de la “opinionitis”, peligrosa amenaza para la construcción de sociedades inteligentes y riesgo directo para el buen funcionamiento de una democracia. Es aún más peligrosa cuando se da en su versión política: la “declaracionitis”. Ojo, es difícil evitar el contagio. Por mucho que una esté decidida a no comentar de nada de lo que no sepa, en cuanto se entra un poco en el juego y me preguntan de mecánica cuántica podría soltar una disertación acerca de la inestabilidad de los átomos. Así a ojo.

No me malinterpreten, el mundo está para que lo juzguemos (en el sentido epistemológico de la palabra), para emitir juicios en sentido positivo, para valorar la realidad, para sopesarla y así intentar mejorarla. Sin embargo, tenemos que reconocer nuestros límites y saber que no podemos opinar de todo, que todas esas tonterías de que “todos tenemos algo que decir” respecto de cualquier tema y de que “nuestra opinión es sagrada” no son más que eso: tonterías. A veces, y más en nuestro siglo XXI, confundimos el tener un espacio para expresarnos con una necesidad irrefrenable de expresarlo todo. Esta actitud, además de ser agotadora, crea un ruido que dificulta encontrar las opiniones formadas e inteligentes, dificulta la tarea de discernir quién tiene la autoridad para opinar con conocimiento de un tema o de otro.

Ya lo dicen todos los que saben de algo en el mundo: para ser sabio hay que callar mucho y hablar poco, solo de aquello de lo que sabemos, solo cuando nuestras opiniones aportan valor. Es el antiquísimo “conócete a tí mismo”, o en cristiano: reconoce tu propia ignorancia. Supongo que este consejo vale para el espacio público, no para la cena en sus casas donde no me atrevo a meterme ni a dar consejos de convivencia familiar. Pero cuando se trata de espacio públicos es mejor reprimir esa necesidad cavernícola de siempre querer decir algo sobre cualquier tema, ya sea la última decisión de X ministerio o lo que hizo la selección de fútbol la semana pasada. Esto para así evitar crear un murmullo confuso que acapare ese espacio mental que necesitamos ansiosamente para cosas importantes y en las que realmente podemos aportar algo.

Este peligro de nuestra sociedad de la información no es un enemigo nuevo, ya nos lo anunciaron cuando Twitter y también con Wikipedia: grandes herramientas pero que dependen de la mesura y de sus usuarios (y de que estos sepan reconocer sus límites) para realmente poder cumplir con su objetivo de informar. Lo mismo ocurre en cualquier otra red social.

Antes de internet la gente tenía toda clase de opiniones tontas, pero estas se limitaban a expresarse en el limitado espacio de su actuación diaria: escuela, trabajo, casa y quizás el mercado. Estas opiniones no se basaban en ningún hecho o conocimiento fundamentado, sino más bien en el deseo de tener vela en todos los entierros. Esto sigue siendo así: es un milagro reconocido por el Vaticano el encontrar a un usuario de Facebook que comente sobre un tema con más información que un titular: ¿para qué leer el artículo entero? Y ya no digamos un libro o dos (y si estos no están en pdf, ni se diga). La necedad siempre ha existido, pero hoy en día se exacerba y además se esparce, se comparte, se retuitea y se likea, creando una especie de des-opinión general que es peligrosa, porque ahora encima resulta que las empresas y hasta los gobiernos se lo toman más enserio que a cualquier experto en el tema. La clave está en darse cuenta de que ni Facebook, ni Twitter, ni el internet en general son la mesa de tu casa, son espacios públicos en los que los comentarios tienen repercusión pública.

Me gusta cómo lo dice Chesterton: “un buen hombre debe amar el sinsentido, pero también debe ver el sinsentido: ver que no tiene sentido”. Básicamente, todos tenemos opiniones súbitas y tomamos postura frente a lo que ocurre a nuestro alrededor, cosa buena y loable, pero tenemos que saber reconocer que frente a cualquier tema del que no hayamos estudiado o no tengamos experiencia, nuestras opiniones no son más que reacciones súbitas y sin fundamento, y materia prima perfecta para confundirnos a nosotros mismos y a los demás si nos empeñamos en tomárnoslas en serio. Está bien jugar con una idea, tener hipótesis y divertirse con ellas, pero mantenernos alertas para no dejar que la idea juegue con nosotros.

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Experta en humillación vial

Mi abuela es la que mejor insulta cuando va en el coche. También es la que hace las mejores galletas y los mejores macarrones pero, sobre todo, es la que mejor insulta. Su capacidad y habilidad para mentarles la madre a todos aquellos que se le atraviesan por delante es el fruto de una larga trayectoria a través de la cual ha ido asegurando su puesto como cacique del tráfico. Para contextualizar, mi abuela mide 1,50, es bastante regordeta y en su rostro se suele dibujar una sonrisa cariñosa. En pocas palabras, es la antítesis del miedo.

Sin embargo, mi abuela siempre ha tenido un pequeño dictador dentro de ella y dado que su aspecto no ayudaba a causar la impresión deseada, los coches siempre le adelantaban y se atravesaban por su camino. Un buen día decidió que ya estaba bien, y ese día cambió su Mamá Van color berenjena por una Land Rover Discovery y comenzaron las prácticas para humillar eficazmente a varios metros de distancia. “¡Cabrón, hijo de su madre, bestia y desgraciado!” . Esto, acompañado de varios gestos obscenos, por si los gritos no se escuchaban, solía ser suficiente para ahuyentar como gatito a cualquiera que se le cruzara por enfrente.

Bastaron unos pocos años para que mi abuela se convirtiera en una leyenda. A mi abuela nadie le negaba el paso, y ¡ay de aquél que se atreviera a robarle el sitio en el aparcamiento! Poco a poco, fue mostrando su poderío y el resto de conductores se sometieron silenciosamente a su autoridad. Mi abuela obtuvo lo que quería y ahora disfruta de ejercer su dominio vial. Como mi abuela, todos necesitamos de vez en cuando demostrar nuestra autoridad. Es una cuestión de seguridad: si nadie me escucha, es como si no lo hubiera dicho.

Todos necesitamos probar nuestros puntos, no nos conformamos con ser buenos, inteligentes o con hornear las mejores galletas, sino que necesitamos abrirnos paso por la vida. Para esto habitualmente no será necesario recurrir al catálogo de injurias de mi abuela, pero a veces sí que es necesario alzar la voz. Las ideas, por muy buenas que sean, no se cuentan solas, y si se pretende que crezcan con susurros probablemente serán arrolladas por más de un 4×4. Más nos vale entonces dejar de lado nuestros reparos y aprender un poco de mi abuela, que ella sí que sabía cómo hacerse escuchar.

Necroturismo

Era una tarde de finales de otoño en Oxford, Cristina y yo habíamos decidido salir en la búsqueda de la tumba de C.S. Lewis. Nuestra referencia era corta: Holy Trinity Church, Headington, Oxford. Y así, sin más ni más nos dirigimos a lo que pensábamos que sería un rápido buscar y encontrar, rezar una Salve por su alma, leer el epitafio y volver a casa antes de la merienda. Tomamos el autobús desde el centro de Oxford hasta Headington hacia las 4 de la tarde, pero para aquel poco iniciado, en Oxford y en noviembre esto es equivalente a oscuridad total. Habíamos pasado por el suburbio oxoniense alguna vez, por lo que pensamos que no sería difícil encontrar la iglesia. A medida que recorríamos calles y calles residenciales, todas idénticas, empezábamos a ponernos nerviosas. Como esto es el siglo XXI y somos chicas modernas, sacamos el móvil y decidimos guiarnos por Google Maps. Marston Road, Windmill Road, ninguna Trinity Road. La oscuridad se cernía sobre nuestras cabezas y la imaginación alebrestada por nuestras lecturas de novela negra dificultaban la tranquilidad. Finalmente, la calle destino: tan esperada, escondida entre mil callejuelas exactamente idénticas con la única diferencia de un cartelillo mal colocado en una esquina de la milla y media (para ser más british) de la calle.

Oxford

Comenzamos a apresurar el paso, como el pueblo elegido a las puertas de Jericó no podíamos contener la emoción, ya no tanto por la tumba como por acabar con la bendita búsqueda. Veíamos el campanario a lo lejos. A pocos pasos del acceso a la iglesia, la naturaleza decidió manifestarse y cubrirnos de nieve. A pesar de todo, decidimos seguir. Sin los zapatos adecuados y con pocas ganas ya de visitar a nuestro amigo Lewis, nos adentramos por un camino oscuro que se suponía nos llevaría a la iglesia. Una única luz indicaba que existiera algo más allá del estrecho pasaje. Al final del callejón nos encontramos con un cementerio que rodeaba la iglesia. Cientos de tumbas, todas iguales y cubiertas de nieve. Un hombre nos miraba inquisitivamente desde la puerta de la iglesia. No voy a describirlo porque estoy segura de que quien lea esto se lo imagina tal cual era: del único modo que puede ser un hombre en una tarde fría en un cementerio de Oxford. Le preguntamos por la tumba de Lewis. No sabía nada, nos dijo. Comenzamos la trabajosa tarea de remover la nieve de las tumbas con las manos. He de decir que me molestaba poco, puesto que veía exacerbado mi espíritu romántico, pero al poco rato Cristina, en su afán práctico, me recordó que esto no llevaría a ningún lado y que en realidad, podíamos buscar en el móvil una foto del enterramiento. Un poco de mal modo, porque aquello le quitaba toda la gracia, hice lo que me pedía y no tardamos en encontrarla por las señas: al lado de un árbol grande, unos cuantos pasos a la derecha de la puerta del cementerio encontramos la lápida blanca con su nombre.

“Los hombres deben soportar su salida del mundo”, Clive Staples Lewis, y poco más. Shakespeare, una cruz y eso era todo. Balbuceamos una oración y así de rápido nos fuimos. No sé cuánto valor experiencial puede haber tenido esto, pero esa tarde hice por un hombre lo que todos, en el fondo de nuestro ser, deseamos que alguien haga por nosotros: ser recordados. No caer en el olvido. Que, a pesar de nuestra salida del mundo, quede en él algo de nosotros.

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Por bolsos más ligeros

Por tercera vez consecutiva me pregunto si me estoy dejando algo. Reviso en el bolso y lo llevo todo: la cartera y dentro de ella las tarjetas de crédito, algo de dinero, los vales de promoción de la tienda de yogur helado, del supermercado y de la floristería en la que compré unas flores hace dos meses. Está también el DNI y el carné de membresía del video club que cerró el año pasado pero que con superstición me rehúso a tirar, así como otros cuantos carnés de “cliente frecuente” de perfumerías, librerías y tiendas de ropa. Llevo también una cajita con medicinas, sólo lo básico: para el dolor de cabeza, de estómago, de garganta, alergias, náuseas, gotas para los ojos y un par de pastillas para dormir. Nunca se sabe.

Además de estas cosas, en mi bolso llevo también unas gafas de repuesto, unas gafas de sol, unos kleenex, un bolígrafo y una libreta, unos caramelos por si me da hambre, algo de cacao para los labios y crema de manos. Reviso la batería de mi móvil y después de un segundo dubitativo meto también el cargador portátil. Justo antes de salir veo en la mesilla de la entrada una pinza para el pelo y un USB. Los meto también. Por si acaso. Ahora sí me siento medianamente segura para enfrentar lo que me espera allá afuera. ¿Montañas escarpadas e interminables desiertos?

Cualquiera diría que me embarco en una travesía de días y que no sé con qué puedo encontrarme en el viaje. Sin embargo, en realidad no es nada difícil saber con qué voy a encontrarme cuando recorro exactamente el mismo camino cada día y sobre todo cuando no voy a ausentarme de casa más que dos horas para ir a clase. Pero no me gusta determinarme. Me gusta pensar que, si repentinamente me invitan a escalar el Annapurna, tendré conmigo todo lo necesario.

Es habitual querer controlarlo todo, querer llevarlo todo en la mochila, no pertenecer a ningún sitio y querer meter la casa en el bolso y, si cabe, en el móvil. Atemoriza encontrarse en una situación de falta y se anticipan las propias necesidades casi de forma enfermiza. Se vive pensando en un eterno “por si acaso”. Es la ambigüedad propia de quien teme definirse, porque piensa que si se moja no podrá jugar a otra cosa.

Falta madurez para comprender que la vida se trata de esto: de tomar decisiones que determinan y limitan y que más de alguna vez llegará la situación de necesidad. Y que no pasará nada. De asumir esto, se viviría con más tranquilidad, sabiendo que no se encontrarán dragones. Que aunque consuele la palabra “precavidos” quizás signifique “indefinidos”. En lugar de decir “nunca se sabe”, se sabría y se llevaría lo que lleva quien en breves volverá a casa. También los bolsos pesarían menos. Aunque solo fuera por eso, valdría la pena hacer el cambio.