segundos

Tragedia en alta definición

Murphy habría estado orgulloso de la manera en la que se vio dramáticamente confirmada su ley. Bajaba las escaleras de mi edificio cuando, como suele ocurrir, el móvil se resbaló de mis manos y voló escaleras abajo. No me preocupé. No era la primera vez y la cicatriz no suele ser más que un rasguño superficial. En ese momento apareció una señora, augurio del mal. Había observado todo y con esa voz de abuela, esa voz en la que retumba el “te lo dije”, exclamó: “¡Ay, mi chica! A ver si no se te ha roto el móvil…” Le miré relajada y le dije: “¡Qué va! Me ha pasado mil veces, es súper resistente, nunca se ha roto”. Incluso me eché el cabello hacia atrás. Error garrafal. En el preciso instante en el que pronuncié esas palabras, los astros se alinearon para castigarme por la soberbia de pensar que tenía algún tipo de seguridad sobre lo que ocurre en el mundo más allá de mi pelo. La pantalla del móvil, la preciosa pantalla táctil LCD de 5.2 pulgadas con alta definición, estaba hecha añicos. (Sigo creyendo, de manera un poco supersticiosa, que si no hubiera sido por esas palabras, con ese tono frívolo y despreocupado, aún tendría un móvil en funcionamiento).

 Mafalda, futuro, negro, previsiones

A partir de ese momento, mis días se convirtieron en un constante peregrinaje por Orange, Yoigo, Movistar y demás operadores. Incluso probé suerte en un chino cuyos métodos prometían ser poco ortodoxos. Pero mi móvil no tenía reparación y la única opción era comprar uno nuevo, lo que me llevó a repetir el vía crucis por todos los establecimientos anteriores hasta encontrar la mejor oferta. Me tuve que enfrentar a odiosos tenderos para discernir entre medio centenar de ofertas casi iguales, resolviendo sin los conocimientos necesarios si un procesador Qualcomm realmente valía los 60 euros más que el MediaTek, sea lo que sea que signifiquen esas palabras. Todo esto me hizo considerar la cantidad de problemas que un descuido, que un incidente tan nimio como el que se me resbalara el móvil de las manos, me había traído. Tiempo, dinero y esfuerzo. Eso más las discusiones con los vendedores de móviles. Todo invertido en reparar un accidente que había ocurrido en menos de lo que tarda en encenderse el aparato en cuestión.

Me veo tentada a creer que las cosas ocurren con grandes acontecimientos llenos de pompa, que hay una diferencia categórica entre los millones de instantes superfluos en un día y el intervalo en el que algo sustancial “ocurre”. Pero, ¿es que acaso hay otra manera de ocurrir de las cosas que en instantes? Las cosas solo pueden ocurrir ocurriendo y los grandes acontecimientos están hechos de momentos diminutos y sobrantes, iguales al resto de momentos que rellenan nuestro día. Quizás sea que cuando cuestan solo 0,003 céntimos no los valoramos, caemos en la confusión de pensar que el tiempo es un continuo, que existe tal cosa como un evento decisivo, cuando en realidad no existen más que segundos, cada segundo acabado y absoluto, concluyente, uno detrás del otro, sin descanso y con tarifa plana.

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