sufrimiento

Las puestas de sol

“¡Ah, principito, cómo he ido comprendiendo lentamente tu vida melancólica! Durante mucho tiempo tu única distracción fue la suavidad de las puestas de sol. Este nuevo detalle lo supe al cuarto día, cuando me dijiste:

—Me gustan mucho las puestas de sol; vamos a ver una puesta de sol… —Tendremos que esperar… —¿Esperar qué? —Que el sol se ponga.

Pareciste muy sorprendido primero, y después te reíste de ti mismo. Y me dijiste:

—Siempre me creo que estoy en mi tierra.

En efecto, como todo el mundo sabe, cuando es mediodía en Estados Unidos, en Francia se está poniendo el sol. Sería suficiente poder trasladarse a Francia en un minuto para asistir a la puesta del sol, pero desgraciadamente Francia está demasiado lejos. En cambio, sobre tu pequeño planeta te bastaba arrastrar la silla algunos pasos para presenciar el crepúsculo cada vez que lo deseabas…

—¡Un día vi ponerse el sol cuarenta y tres veces! Y un poco más tarde añadiste: —¿Sabes? Cuando uno está verdaderamente triste le gusta ver las puestas de sol. —El día que la viste cuarenta y tres veces estabas muy triste ¿verdad? Pero el principito no respondió.” 

Antoine de Saint-Exupery

A veces uno ya sabe qué es lo que tiene que hacer. A veces uno ya ha comprendido que no hay que buscar más razones, que a veces solo hay que vivirlo. Pero a veces uno también necesita gritarlo, llorarlo y hacerlo acompañado. Sin que te den mil consejos, simplemente que te escuchen. Que ya sé que hay que darle tiempo al tiempo, que ya sé que las cosas mejorarán, que ya sé que se resolverá tarde o temprano, que ya sé que lo voy a superar y que voy a salir de esto, ya sé que está en el cielo… Lo sé. Pero el sufrimiento hay que vivirlo igual, sabiendo o no que tiene un sentido, y parte de vivirlo es decirlo.

Es cierto, entender el sentido, o al menos saber que tiene uno, siempre ayuda. Pero no suele hacer mágicamente que duela menos. Ayuda a no caer en la desesperanza, ayuda a ver hacia delante, ayuda a levantar la cabeza y afrontar el futuro. Pero no deja de doler. Y esto solo se entiende cuando se sufre. Como dijo Tolstoi: “Todas las felicidades se parecen, pero en cambio los infortunios tienen cada uno su fisonomía particular”.  Cada sufrir es tan único como la persona que lo sufre.

No sé por qué es tan importante que te escuchen. ¿Qué se gana cuando alguien te escucha? ¿Qué mejora en la situación? Probablemente nada, el problema seguirá igual o la ausencia seguirá existiendo, pero algo mejora en nosotros. Nada sienta peor que ir a un amigo buscando  que te escuchen y salir con un millón de consejos de autoestima y superación personal. Que si, que ya sé todo lo que me dices, pero no es tan fácil.  Hablar en tercera persona del sufrimiento suele quitarle realidad. Realmente, no puede existir nada más bello en un amigo que la delicadeza de saber cuándo alguien pide un consejo y cuando alguien pide dos oídos bien atentos y un abrazo, por si acaso.

He oído que algunos dicen que el dolor es un grito de que algo va mal. Pero discrepo. A veces sí y a veces no. A veces, el dolor no muestra que algo va mal en nosotros, a veces simplemente es lo que hay.  y como es lo que hay, no nos queda más que quererlo. Quererlo y vivirlo, no buscar evitarlo a toda costa. Primero, porque a veces es inevitable y segundo, porque cuando el sufrimiento se quiere, resulta una forma de amar que es personalísima y que entrega todo lo que hay en nosotros. Así como se sufre hasta con el último pedazo del alma, cuando ese dolor se entrega, se entrega hasta el último pedazo del alma.

A veces, es la única forma de amar que nos queda. Nuestra única manera de estar vivos. Una sonrisa, un esfuerzo, en el sufrimiento, cuesta el doble y también vale el doble. Es entrega. Entregar lo único que tenemos para dar.

Un pensamiento profundo.

“Quizá nuestras viejas heridas nos enseñen algo. Nos recuerdan dónde hemos estado, y qué hemos superado. Nos enseñan lecciones sobre qué evitar en el futuro. Eso es lo que nos gusta pensar. Pero así no es como es, ¿verdad? Algunas cosas tenemos que aprenderlas una, otra, y otra vez.”

Me he dado cuenta de que muchas veces la verdadera razón del desánimo y de la desesperación es que vemos los errores, las caídas y el sufrimiento con una especie de “optimismo” equivocado. “Si supero esto, todo será mejor”, “Si esta vez me engañaron, no me volveré a dejar”, “Si aguanto este sufrimiento, nunca volveré a sufrir”. Pero esto no es real y cuando nos damos cuenta, nos hundimos. Puede ser que si superamos este o aquel momento difícil, el sufrimiento termine. Pero también puede ser que no.

A veces el dolor y el sufrimiento se alarga más de lo que pensamos que debería y es difícil de comprender porque pensamos que ya hemos aprendido todo. Pero quizá falta más por aprender. Quizá tenemos que volver a equivocarnos, quizá tienen que volver a lastimarnos de la misma manera, porque todavía no hemos aprendido todo lo que podíamos aprender de esta situación. La vida está hecha a la medida, cada uno vive lo suyo y sufre lo suyo. Cada quien vive, precisamente, su vida. Por eso, aunque muchas veces pensemos que ya estamos hartos de caer siempre en lo mismo o de que tal o cual problema no termine nunca, tenemos que pensar: “quizás aún no lo he aprendido todo de esto”.

“Algunas cosas tenemos que aprenderlas una, otra y otra vez”. Sí. Algunos errores nos enseñarán qué evitar en el futuro, pero otros solo nos darán pistas sobre dónde volveremos a caer, porque somos así, y algunas cosas nos costarán toda la vida. Y a eso le llamamos lucha. Porque la lucha no se hace siempre contra un enemigo nuevo, porque las batallas más duras se libran en nuestro interior y por lo general el enemigo es siempre el mismo: yo.

A veces dicen, como un poco decepcionados, que el hombre es el único animal que se tropieza más de una vez con la misma piedra. Es verdad, nos tropezamos con la misma piedra muchas veces, pero también es verdad que somos el único animal que puede aprender algo nuevo de cada tropiezo. Incluso cuando es con la misma piedra.

Marina: Gracias por el pensamiento ;).