vida

Por fin podemos…

“Por fin podemos poner al descubierto también el estado de ánimo de aquella generación que en la era de la tecnología solo vio a la muerte espiritual o a una mecánica desalmada. Hemos descubierto el pluralismo de la vida espiritual y sabemos que el área central de la existencia espiritual no puede ser un área neutral y que es errado solucionar un problema político con antítesis del tipo “mecánico y orgánico”, o “vida y muerte”. Una vida que frente a sí misma no tiene más que la muerte ya no es vida sino impotencia y desamparo. Aquel que ya no conoce más enemigo que la muerte, y que no ve en sus enemigos más que mecánica vacía, se encuentra más cerca de la muerte que de la vida y la cómoda antítesis de lo orgánico y lo mecánico es, en sí misma, algo burdamente mecánico. Un agrupamiento que, por un lado ve solo espiritu y vida y, de otro lado solo muerte y mecánica, significa tan solo renuncia a la lucha y tiene únicamente el valor de un lamento romántico. Porque la vida no lucha contra la muerte y el espíritu no lo hace contra la insipidez. El espíritu lucha contra el espíritu, la vida contra la vida, y de la fuerza de un conocimiento integral surge el orden de las cosas humanas. Ab integro nascitur ordo“.
Karl Schmitt

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Renuncio al presente

El tiempo no suele existir en presente. El tiempo es eso quieres que pase o que notas cuando ya ha pasado. Si, ya me han dado un millón y medio de charlitas sobre vivir el momento, disfrutar del presente “que es lo único que existe”, carpe diem y demás fondos de pantalla. Y será así, pero la verdad es que para mí el tiempo en pasado y en futuro es mucho más real que el aquí y el ahora. El pasado tiene más sustancia, está hecho, se puede reflexionar sobre él, volver sobre él porque es estable. El futuro es totalmente flexible, se puede soñar sobre él y moldearlo al gusto. Pero el presente, el presente sí que da miedo, porque es lo único sobre lo que realmente tienes influencia. Es lo único sobre lo que real y efectivamente puedes actuar y si eso no te da mucho miedo, no sé qué lo hará.

Sí, es cuestión de cobardía, pero qué le voy a hacer si es lo que hay. Pero no os penséis que soy la típica frustrada que quiere cambiar su pasado. Para nada. Me gusta mi pasado, de hecho lo que me ocurre a veces es que me aturde el presente. Siento que lo poco que he vivido, que es muy poco y supongo que poco intenso comparado con otras vidas, me da ya demasiado en qué pensar, reflexionar y entender tantas cosas que aún no comprendo. Y con intensidad no me refiero a que no haya disfrutado, sino que tantas veces sencillamente no me he dado cuenta, la vida me ha pasado por debajo de la nariz. Porque la vida no es tirarse de paracaídas en el Amazonas, la vida es ir a hacer la compra, cerrar los ojos y pensar: “Vale, esto es la vida”.

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Es por esto que me aturdo cuando me doy cuenta de que cada día solo se suman a mi vida más cosas sin entender, y que el tiempo no me da para pensar ni una décima parte de ellas. Quisiera encerrarme y ponerle pausa a la vida hasta que haya logrado aclararme un poco con lo que ya sé y lo que ya he vivido, que  a pesar de ser nada, ya es mucho para mi aún más pequeña capacidad mental. Quisiera vivirlo de verdad, quererlo y darle un sentido, me frustra pensar que he vivido tantas cosas pero que aún no he sabido darles sentido, están ahí como flotando entre pensamientos, asignaturas y exámenes, esperando a que me pare a pensar y les llene de algo más, algo más mío.

Porque a veces me parece que es otra quien las ha vivido. Me son tan ajenas, no he podido hacerlas propias tantas veces, a veces por mi culpa y otras porque el ritmo de la vida no me lo permite. Y me frustra pensar que luego el tiempo va pasando y se diluyen entre todo lo nuevo,  y me parece que no tengo una biografía sino más bien que todos los agobios, y también los no agobios, todo lo que vivo cada día, lo que disfruto y lo que sufro, van anulando lo que no he sabido interiorizar y apropiarme. Y eso me hace sufrir. Porque reconozco que es, o era, parte de mí y lo estoy perdiendo, voy dejando que se escape.

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A veces quisiera tener un “pensadero” como el de Dumbledore, un sitio para sacarme las memorias y pensamientos de la cabeza y poder repasarlos y verlos, con calma, volver sobre ellos, tenerlos guardados para reflexionarlos con mayor lucidez. Es verdad que la libreta ayuda, pero aún tengo una relación difícil con las palabras y me cuesta poner en tinta tanto lo de dentro como lo de fuera.

Supongo que en el fondo todo está relacionado: no es cuestión solo de amar las palabras, sino también de hacerlas mías, lograr que sean parte de mí, tanto como para que la mediación entre lo que llevo dentro y lo que escribo sea cada vez menor. Porque me he dado cuenta de que el problema del tiempo no es que pase, sino que se quede, porque es entonces cuando empieza a pesar. Se queda adherido a mí y el alma se me empieza a llenar de días y meses, pegados como con superglue pero sin que lleguen a formar realmente parte de mí. El tiempo es desgaste, es hacerse viejo, es la falta de permanencia, es acumulación. En cambio, la eternidad es eterna juventud, es interiorizar, es crecer y no acaparar. Aquí está el secreto, que yo no he logrado dominar. En palabras de Rafael Alvira es “convertir la anterioridad en interioridad, no dejar que se escape”. Mantener en presente mi pasado, convertirlo en vida, en juventud. No dejar que se convierta en un baúl polvoriento lleno de recuerdos viejos, porque en el fondo eso es lo que pasa cuando el pasado se deja atrás. No. No se trata de dejar el pasado atrás, sino de tenerlo presente, de hacerlo tan actual que se convierta en más vida. 

History on the making


Llevo ya una semana en Oxford y empiezo a preocuparme porque con lo que me queda de semestre no tendré suficiente tiempo para ver y hacer todo lo que quiero. Sin embargo, he de decir que me siento satisfecha con tan solo caminar por las calles del centro de la universidad europea (pardon me, Cambridge), tomarme una cerveza (o Ale) en el mismo bar donde los Inklings discutían y leían sus escritos o ir a la pequeña iglesia donde Newman predicó y se forjó el Movimiento de Oxford.

En fin, es impresionante vivir en una ciudad en donde se ha hecho tanta historia (o por lo menos se ha educado a tantos que hicieron historia). Todavía no he tenido la oportunidad de ir a sentarme tranquilamente a leer en la Bodleian pero está claro que no me voy de aquí sin antes escribir aunque sea una carta en las mesas donde se escribió The Hobbit.

Sin embargo, quizá lo que me ha parecido más impresionante de todo esto no son solo las paredes llenas de historia sino más bien que las paredes siguen vivas. La universidad mantiene viva la historia, la investigación, los conocimientos. Se admira a todos los célebres que estudiaron en las bibliotecas de los distintos colleges de la ciudad, pero más importante que eso son los estudiantes que ahora recorren sus pasillos y mantienen viva la tradición universitaria. Esos estudiantes que se pasean por la ciudad con sus trajes académicos y nos recuerdan que por muy lejos que los grandes hayan llegado antes que nosotros, siempre se puede ir más lejos, siempre se puede aprender más. Aun con todo lo que la humanidad ha logrado, existen cosas que son viejas, muy viejas y a la vez siempre nuevas.  

La filosofía se lee en forma interrogativa

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Cuando tenía 17 años pensé que me había vuelto relativista. Fue una noche, después de discutir con mi familia sobre no me acuerdo qué tema, llegué a la conclusión de que nunca íbamos a estar de acuerdo, y de que era mejor parar de reducir la vida a un montón de sentencias y reglas para vivir, porque cada vida era diferente. Y pensé que no había nada más que hacer, que cada quien se las arreglara como pudiera.  Me parecía que por cada frase donde se pudiera acumular un poco de sabiduría, aparecería otra igualmente “sabia” que diría lo contrario.  “Dime con quién andas y te diré quién eres” y en la otra esquina: “El que es perico en donde quiera es verde”. Y las dos me parecían verdad y a la vez contradictorias. Por lo que concluí que ninguna sería verdad, que no existía tal cosa.

Mi época relativista no duró demasiado. Después de repensar ahora, años después, estas cuestiones que me preocuparon, me doy cuenta de que no dudaba realmente de que existiera una verdad Y me doy cuenta entonces de que más que relativismo lo que tenía era pereza. Pereza de trascender esas aparentes contradicciones que se nos suelen presentar. Pereza de pensar en temas difíciles. Pereza de pensar que dependía de muchas cosas, de muchas situaciones distintas, de vidas y de usos.  Es mucho más fácil concluir que da igual, total, el otro no va a cambiar de opinión y yo tampoco, por lo que será que ninguno de los dos tenemos la razón. Es más fácil, pero no más convincente. Si nos quedamos ahí, nos veremos abocados a la incoherencia con lo que pensamos, si decidimos concluir con el relativismo, nos estamos condenando a vivir preocupados por algo que hemos dicho que no existe. Una situación irónica, pasarse la vida luchando contra las verdades predicando  una verdad, defendiendo que todo lo que todos dicen vale igual y discutiendo con su esposa sobre a dónde salir a cenar.

Si rechazamos el relativismo, podríamos pensar que el problema se ha acabado, que hemos decidido que la verdad existe y ya no hay más que decir. Sin embargo, si levantamos un segundo la vista de la pantalla del ordenador y nos damos cuenta de que por ahí existen miles de libertades más, pensando cada una por su cuenta. Y también nos damos cuenta de que la realidad nos excede, que no solo hay infinitas cosas para conocer sino infinitas maneras de conocerlas. Así que el mundo es simple, es como es, pero nuestro acercamiento a él es complicado. No podemos conocer al mundo en su riqueza con un solo acto de conocimiento, por ello es que podemos pensar y reflexionar sobre las cosas una y otra vez, y descubrir algo nuevo cada vez.

Podríamos preguntarnos: si existe una verdad y la podemos conocer, ¿por qué parece que nunca estamos de acuerdo en nada? Creo que la respuesta es que a veces somos un poco exagerados. Solemos estar de acuerdo en la mayoría de las cosas, no nos pasamos la vida cuestionando lo que nos dicen los demás sino que solemos asentir y aceptarlo. Evidentemente, mientras más sencilla sea la realidad de la que hablamos, mayor consenso lograremos y a medida que las realidades son más complejas y profundas, las respuestas empiezan a variar mucho más. Por ello tenemos que hablar más de cosas profundas y menos de la fiesta del viernes pasado. Las cosas importantes son más difíciles de abarcar y por eso mismo no podemos pretender encontrar las respuestas nosotros solos. Debemos entrar en comunicación con el resto del mundo y conversar. Escuchar lo que otros tienen que decirnos, conocer las distintas percepciones de la realidad y pensar. Hablar y pensar, no chachalaquear.  Todo pensamiento pensado merece ser escuchado y repensado.

Y aunque en un primer momento parezca que las discusiones teóricas son inútiles porque “nadie va a cambiar de opinión”, no es verdad, porque habremos contrastado lo que pensamos con lo que piensa otro, y ya tenemos más sobre lo que podemos profundizar.  Estoy a favor de poner mucha confianza en la conversación de la humanidad, siendo lo suficientemente inteligentes para darnos cuenta de cuándo las cosas no van por buen camino. Y saber cuándo las discusiones no van por buen camino, cuándo las respuestas no tienen vocación de dialogarse, en el fondo recae en un conocimiento de las personas, de cómo somos los humanos. Pero eso sí que solo se adquiere conociendo y tratando a la gente, porque las teorías son teorías pero luego en la vida real lo que hay son personas, cada una distinta.

Para terminar, creo que hay dos variables que se nos suelen olvidar y que muchas veces nos acercan al peligro del “yo tengo toda la verdad”. La primera, que el mundo cambia. No siempre ni todo el tiempo ni todas las cosas, pero a veces sí que cambia. Tenemos que entrenarnos para descubrir cuándo hay cambio y cuándo no lo hay, para evitarnos aplicar respuestas que alguna vez fueron adecuadas pero que simplemente ya no lo son, porque las cosas ya no son como eran. La segunda variable, y quizá la que más se nos olvida, es que para algunas cosas y en especial para las más importantes, que son las que tienen que ver con lo más profundo del alma, pueden existir varias respuestas correctas. Una Verdad única e innumerables respuestas correctas ante ella, también algunas incorrectas. Que a las preguntas más importantes, y las más propias de la filosofía, se responde en primera persona. Ninguna respuesta va a coincidir, aunque la pregunta sea la misma. “¿Quién soy? ¿Qué sentido tiene la vida?” Estas preguntas se repiten infinitas veces y se responden otras tantas.

Por eso la filosofía se lee en forma interrogativa, como una pregunta a la vida, una pregunta para mí, para mi vida, donde la respuesta suele ser la vida misma. Ningún buen filósofo que verdaderamente ame la sabiduría pretenderá darnos todas las respuestas. Un buen filósofo debe pretender que con cada frase, el lector se plantee estas cuestiones y ofrezca sus propias respuestas. Que acepte lo que juzgue verdadero y rechace lo falso. Que cuestione, pero no por cuestionar sino por ahondar. Que presente aporías, o no.  En definitiva, que no se quede callado, que continúe la conversación de la humanidad y quizás, si ha pensado bien, acierte en un par de cosas. Y aunque no tendremos toda la verdad, resulta que tenemos vocación de viajeros. Y personalmente, a mi eso me da mucha paz. Podemos caer en la tentación de pensar que la búsqueda es inalcanzable, como que nos acercamos a una meta que nunca logramos. Lo cual es cierto, pero no es frustrante, porque la recompensa la recibimos desde ya en el viaje y no solo al final. Y aunque no tendremos toda la Verdad, la tendremos.

Escribir directamente en la propia vida

Hoy, por primera vez, voy a escribir directamente en el blog, sin documento de word como intermediario. Sinceramente, me da un poco de miedo. Da un poco de miedo porque es como un acercamiento al final, hay menos fases sobre las que puedo regresar y corregir, es como escribir directamente en la vida. Pero al final de cuentas, la vida es así, sin intermediarios, sin borradores. Escribimos directamente en nuestras vidas, por eso no podemos borrar, por mucho que quisiéramos. Podemos tachar, incluso podemos darle a editar al post y corregirlo, sin embargo, una vez ya ha sido publicado, cabe la posibilidad de que alguien ya lo haya visto y entonces es imposible volver atrás. Lo mejor entonces es reconducir el post, no intentar borrar lo que ya ha sido publicado, lo que ya hemos hecho, sino pedir perdón cuando sea necesario e intentar replantear lo que hemos escrito y corregirlo, pero públicamente. No basta con darnos cuenta del error, sino que hay que corregirlo en el papel, o en este caso, en el blog. En la vida es lo mismo. Una vez hemos hecho algo, es como si lo hubiéramos publicado, la acción ya está finalizada. En nuestra mente podemos replantearlo, repensarlo y decidirnos o arrepentirnos, no pasa nada, todo sigue en nuestra mente. Pero una vez llevamos a cabo alguna de esas decisiones, una vez le damos a “publish post”, no nos queda más que aceptarlo y si nos equivocamos, sacar de eso lo mejor.

Dicho así parece muy fácil: sacar lo mejor de los errores. Pero hay algunas veces en la vida en los que no estamos seguros. No sabemos si hemos cometido un error. No digo cosas malas, simple y sencillamente un error, algo que puede que para nosotros, para mí en estas circunstancias concretas, no sea lo mejor. Y eso es mucho más difícil, porque como no es nada que sea categóricamente malo sino que es algo malo para mí, que podría parecer que por ser subjetivo da mucho más igual qué haga o qué no haga, en la vida nos damos cuenta de que no es así. La mayoría de las veces tampoco lo sabremos. Dudaremos. Pasará el tiempo y seguiremos preguntándonos si debimos haberlo hecho, si debimos habernos lanzado. Puede que alguna vez lo sepamos, o puede que no. Pero sea como sea, tenemos que vivir con nuestras decisiones, incluso con aquellas de las que no estamos completamente seguros. Para ser felices, tenemos que lograr conciliarnos con nosotros mismos. Y la única manera es si comprendemos que hay muchos caminos para llegar al mismo lugar. Que podemos alejarnos más o menos, pero que más adelante en el camino podemos tomar un atajo y reencontrarnos al final. No vamos a mentir. Nos equivocamos y tomamos decisiones incorrectas. Sin embargo (y menos mal) así como podemos hacer las cosas muy mal, también podemos hacerlas muy bien. Y aunque esa decisión errónea nos haya alejado un poco del sendero, las buenas decisiones, las buenas acciones y las buenas intenciones, nos devuelven con rapidez al camino seguro: el camino que nos lleva a donde todos queremos llegar.

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Carta a Theo