Epidemia: delirios de creer saber

Reproduzco una columna publicada en Republicagt.com (http://www.republicagt.com/opinion/epidemia-delirios-de-creer-saber/)

Existe una enfermedad que nos aqueja a todos los hombres, en mayor o menor medida. Es difícil descubrirla pues muchas veces se manifiesta de manera similar a la conversación fácil o al interés en los asuntos públicos. Sus síntomas incluyen el alzado en el volumen de la voz y el uso de frases tales como: “según escuché”, “según me contaron”. Efectos secundarios: disminución del cociente intelectual y aumento del flujo de “humos en la cabeza”. Puede manifestarse en los momentos más inoportunos, incluso en aquellos con las mejores con las mejores defensas, y en los últimos años ha ocurrido un brote epidémico en los ámbitos digitales de interacción social, mejor conocidos como “las redes”.

Se trata de la “opinionitis”, peligrosa amenaza para la construcción de sociedades inteligentes y riesgo directo para el buen funcionamiento de una democracia. Es aún más peligrosa cuando se da en su versión política: la “declaracionitis”. Ojo, es difícil evitar el contagio. Por mucho que una esté decidida a no comentar de nada de lo que no sepa, en cuanto se entra un poco en el juego y me preguntan de mecánica cuántica podría soltar una disertación acerca de la inestabilidad de los átomos. Así a ojo.

No me malinterpreten, el mundo está para que lo juzguemos (en el sentido epistemológico de la palabra), para emitir juicios en sentido positivo, para valorar la realidad, para sopesarla y así intentar mejorarla. Sin embargo, tenemos que reconocer nuestros límites y saber que no podemos opinar de todo, que todas esas tonterías de que “todos tenemos algo que decir” respecto de cualquier tema y de que “nuestra opinión es sagrada” no son más que eso: tonterías. A veces, y más en nuestro siglo XXI, confundimos el tener un espacio para expresarnos con una necesidad irrefrenable de expresarlo todo. Esta actitud, además de ser agotadora, crea un ruido que dificulta encontrar las opiniones formadas e inteligentes, dificulta la tarea de discernir quién tiene la autoridad para opinar con conocimiento de un tema o de otro.

Ya lo dicen todos los que saben de algo en el mundo: para ser sabio hay que callar mucho y hablar poco, solo de aquello de lo que sabemos, solo cuando nuestras opiniones aportan valor. Es el antiquísimo “conócete a tí mismo”, o en cristiano: reconoce tu propia ignorancia. Supongo que este consejo vale para el espacio público, no para la cena en sus casas donde no me atrevo a meterme ni a dar consejos de convivencia familiar. Pero cuando se trata de espacio públicos es mejor reprimir esa necesidad cavernícola de siempre querer decir algo sobre cualquier tema, ya sea la última decisión de X ministerio o lo que hizo la selección de fútbol la semana pasada. Esto para así evitar crear un murmullo confuso que acapare ese espacio mental que necesitamos ansiosamente para cosas importantes y en las que realmente podemos aportar algo.

Este peligro de nuestra sociedad de la información no es un enemigo nuevo, ya nos lo anunciaron cuando Twitter y también con Wikipedia: grandes herramientas pero que dependen de la mesura y de sus usuarios (y de que estos sepan reconocer sus límites) para realmente poder cumplir con su objetivo de informar. Lo mismo ocurre en cualquier otra red social.

Antes de internet la gente tenía toda clase de opiniones tontas, pero estas se limitaban a expresarse en el limitado espacio de su actuación diaria: escuela, trabajo, casa y quizás el mercado. Estas opiniones no se basaban en ningún hecho o conocimiento fundamentado, sino más bien en el deseo de tener vela en todos los entierros. Esto sigue siendo así: es un milagro reconocido por el Vaticano el encontrar a un usuario de Facebook que comente sobre un tema con más información que un titular: ¿para qué leer el artículo entero? Y ya no digamos un libro o dos (y si estos no están en pdf, ni se diga). La necedad siempre ha existido, pero hoy en día se exacerba y además se esparce, se comparte, se retuitea y se likea, creando una especie de des-opinión general que es peligrosa, porque ahora encima resulta que las empresas y hasta los gobiernos se lo toman más enserio que a cualquier experto en el tema. La clave está en darse cuenta de que ni Facebook, ni Twitter, ni el internet en general son la mesa de tu casa, son espacios públicos en los que los comentarios tienen repercusión pública.

Me gusta cómo lo dice Chesterton: “un buen hombre debe amar el sinsentido, pero también debe ver el sinsentido: ver que no tiene sentido”. Básicamente, todos tenemos opiniones súbitas y tomamos postura frente a lo que ocurre a nuestro alrededor, cosa buena y loable, pero tenemos que saber reconocer que frente a cualquier tema del que no hayamos estudiado o no tengamos experiencia, nuestras opiniones no son más que reacciones súbitas y sin fundamento, y materia prima perfecta para confundirnos a nosotros mismos y a los demás si nos empeñamos en tomárnoslas en serio. Está bien jugar con una idea, tener hipótesis y divertirse con ellas, pero mantenernos alertas para no dejar que la idea juegue con nosotros.

Tragedia en alta definición

Murphy habría estado orgulloso de la manera en la que se vio dramáticamente confirmada su ley. Bajaba las escaleras de mi edificio cuando, como suele ocurrir, el móvil se resbaló de mis manos y voló escaleras abajo. No me preocupé. No era la primera vez y la cicatriz no suele ser más que un rasguño superficial. En ese momento apareció una señora, augurio del mal. Había observado todo y con esa voz de abuela, esa voz en la que retumba el “te lo dije”, exclamó: “¡Ay, mi chica! A ver si no se te ha roto el móvil…” Le miré relajada y le dije: “¡Qué va! Me ha pasado mil veces, es súper resistente, nunca se ha roto”. Incluso me eché el cabello hacia atrás. Error garrafal. En el preciso instante en el que pronuncié esas palabras, los astros se alinearon para castigarme por la soberbia de pensar que tenía algún tipo de seguridad sobre lo que ocurre en el mundo más allá de mi pelo. La pantalla del móvil, la preciosa pantalla táctil LCD de 5.2 pulgadas con alta definición, estaba hecha añicos. (Sigo creyendo, de manera un poco supersticiosa, que si no hubiera sido por esas palabras, con ese tono frívolo y despreocupado, aún tendría un móvil en funcionamiento).

 Mafalda, futuro, negro, previsiones

A partir de ese momento, mis días se convirtieron en un constante peregrinaje por Orange, Yoigo, Movistar y demás operadores. Incluso probé suerte en un chino cuyos métodos prometían ser poco ortodoxos. Pero mi móvil no tenía reparación y la única opción era comprar uno nuevo, lo que me llevó a repetir el vía crucis por todos los establecimientos anteriores hasta encontrar la mejor oferta. Me tuve que enfrentar a odiosos tenderos para discernir entre medio centenar de ofertas casi iguales, resolviendo sin los conocimientos necesarios si un procesador Qualcomm realmente valía los 60 euros más que el MediaTek, sea lo que sea que signifiquen esas palabras. Todo esto me hizo considerar la cantidad de problemas que un descuido, que un incidente tan nimio como el que se me resbalara el móvil de las manos, me había traído. Tiempo, dinero y esfuerzo. Eso más las discusiones con los vendedores de móviles. Todo invertido en reparar un accidente que había ocurrido en menos de lo que tarda en encenderse el aparato en cuestión.

Me veo tentada a creer que las cosas ocurren con grandes acontecimientos llenos de pompa, que hay una diferencia categórica entre los millones de instantes superfluos en un día y el intervalo en el que algo sustancial “ocurre”. Pero, ¿es que acaso hay otra manera de ocurrir de las cosas que en instantes? Las cosas solo pueden ocurrir ocurriendo y los grandes acontecimientos están hechos de momentos diminutos y sobrantes, iguales al resto de momentos que rellenan nuestro día. Quizás sea que cuando cuestan solo 0,003 céntimos no los valoramos, caemos en la confusión de pensar que el tiempo es un continuo, que existe tal cosa como un evento decisivo, cuando en realidad no existen más que segundos, cada segundo acabado y absoluto, concluyente, uno detrás del otro, sin descanso y con tarifa plana.

Experta en humillación vial

Mi abuela es la que mejor insulta cuando va en el coche. También es la que hace las mejores galletas y los mejores macarrones pero, sobre todo, es la que mejor insulta. Su capacidad y habilidad para mentarles la madre a todos aquellos que se le atraviesan por delante es el fruto de una larga trayectoria a través de la cual ha ido asegurando su puesto como cacique del tráfico. Para contextualizar, mi abuela mide 1,50, es bastante regordeta y en su rostro se suele dibujar una sonrisa cariñosa. En pocas palabras, es la antítesis del miedo.

Sin embargo, mi abuela siempre ha tenido un pequeño dictador dentro de ella y dado que su aspecto no ayudaba a causar la impresión deseada, los coches siempre le adelantaban y se atravesaban por su camino. Un buen día decidió que ya estaba bien, y ese día cambió su Mamá Van color berenjena por una Land Rover Discovery y comenzaron las prácticas para humillar eficazmente a varios metros de distancia. “¡Cabrón, hijo de su madre, bestia y desgraciado!” . Esto, acompañado de varios gestos obscenos, por si los gritos no se escuchaban, solía ser suficiente para ahuyentar como gatito a cualquiera que se le cruzara por enfrente.

Bastaron unos pocos años para que mi abuela se convirtiera en una leyenda. A mi abuela nadie le negaba el paso, y ¡ay de aquél que se atreviera a robarle el sitio en el aparcamiento! Poco a poco, fue mostrando su poderío y el resto de conductores se sometieron silenciosamente a su autoridad. Mi abuela obtuvo lo que quería y ahora disfruta de ejercer su dominio vial. Como mi abuela, todos necesitamos de vez en cuando demostrar nuestra autoridad. Es una cuestión de seguridad: si nadie me escucha, es como si no lo hubiera dicho.

Todos necesitamos probar nuestros puntos, no nos conformamos con ser buenos, inteligentes o con hornear las mejores galletas, sino que necesitamos abrirnos paso por la vida. Para esto habitualmente no será necesario recurrir al catálogo de injurias de mi abuela, pero a veces sí que es necesario alzar la voz. Las ideas, por muy buenas que sean, no se cuentan solas, y si se pretende que crezcan con susurros probablemente serán arrolladas por más de un 4×4. Más nos vale entonces dejar de lado nuestros reparos y aprender un poco de mi abuela, que ella sí que sabía cómo hacerse escuchar.

Necroturismo

Era una tarde de finales de otoño en Oxford, Cristina y yo habíamos decidido salir en la búsqueda de la tumba de C.S. Lewis. Nuestra referencia era corta: Holy Trinity Church, Headington, Oxford. Y así, sin más ni más nos dirigimos a lo que pensábamos que sería un rápido buscar y encontrar, rezar una Salve por su alma, leer el epitafio y volver a casa antes de la merienda. Tomamos el autobús desde el centro de Oxford hasta Headington hacia las 4 de la tarde, pero para aquel poco iniciado, en Oxford y en noviembre esto es equivalente a oscuridad total. Habíamos pasado por el suburbio oxoniense alguna vez, por lo que pensamos que no sería difícil encontrar la iglesia. A medida que recorríamos calles y calles residenciales, todas idénticas, empezábamos a ponernos nerviosas. Como esto es el siglo XXI y somos chicas modernas, sacamos el móvil y decidimos guiarnos por Google Maps. Marston Road, Windmill Road, ninguna Trinity Road. La oscuridad se cernía sobre nuestras cabezas y la imaginación alebrestada por nuestras lecturas de novela negra dificultaban la tranquilidad. Finalmente, la calle destino: tan esperada, escondida entre mil callejuelas exactamente idénticas con la única diferencia de un cartelillo mal colocado en una esquina de la milla y media (para ser más british) de la calle.

Oxford

Comenzamos a apresurar el paso, como el pueblo elegido a las puertas de Jericó no podíamos contener la emoción, ya no tanto por la tumba como por acabar con la bendita búsqueda. Veíamos el campanario a lo lejos. A pocos pasos del acceso a la iglesia, la naturaleza decidió manifestarse y cubrirnos de nieve. A pesar de todo, decidimos seguir. Sin los zapatos adecuados y con pocas ganas ya de visitar a nuestro amigo Lewis, nos adentramos por un camino oscuro que se suponía nos llevaría a la iglesia. Una única luz indicaba que existiera algo más allá del estrecho pasaje. Al final del callejón nos encontramos con un cementerio que rodeaba la iglesia. Cientos de tumbas, todas iguales y cubiertas de nieve. Un hombre nos miraba inquisitivamente desde la puerta de la iglesia. No voy a describirlo porque estoy segura de que quien lea esto se lo imagina tal cual era: del único modo que puede ser un hombre en una tarde fría en un cementerio de Oxford. Le preguntamos por la tumba de Lewis. No sabía nada, nos dijo. Comenzamos la trabajosa tarea de remover la nieve de las tumbas con las manos. He de decir que me molestaba poco, puesto que veía exacerbado mi espíritu romántico, pero al poco rato Cristina, en su afán práctico, me recordó que esto no llevaría a ningún lado y que en realidad, podíamos buscar en el móvil una foto del enterramiento. Un poco de mal modo, porque aquello le quitaba toda la gracia, hice lo que me pedía y no tardamos en encontrarla por las señas: al lado de un árbol grande, unos cuantos pasos a la derecha de la puerta del cementerio encontramos la lápida blanca con su nombre.

“Los hombres deben soportar su salida del mundo”, Clive Staples Lewis, y poco más. Shakespeare, una cruz y eso era todo. Balbuceamos una oración y así de rápido nos fuimos. No sé cuánto valor experiencial puede haber tenido esto, pero esa tarde hice por un hombre lo que todos, en el fondo de nuestro ser, deseamos que alguien haga por nosotros: ser recordados. No caer en el olvido. Que, a pesar de nuestra salida del mundo, quede en él algo de nosotros.

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Por bolsos más ligeros

Por tercera vez consecutiva me pregunto si me estoy dejando algo. Reviso en el bolso y lo llevo todo: la cartera y dentro de ella las tarjetas de crédito, algo de dinero, los vales de promoción de la tienda de yogur helado, del supermercado y de la floristería en la que compré unas flores hace dos meses. Está también el DNI y el carné de membresía del video club que cerró el año pasado pero que con superstición me rehúso a tirar, así como otros cuantos carnés de “cliente frecuente” de perfumerías, librerías y tiendas de ropa. Llevo también una cajita con medicinas, sólo lo básico: para el dolor de cabeza, de estómago, de garganta, alergias, náuseas, gotas para los ojos y un par de pastillas para dormir. Nunca se sabe.

Además de estas cosas, en mi bolso llevo también unas gafas de repuesto, unas gafas de sol, unos kleenex, un bolígrafo y una libreta, unos caramelos por si me da hambre, algo de cacao para los labios y crema de manos. Reviso la batería de mi móvil y después de un segundo dubitativo meto también el cargador portátil. Justo antes de salir veo en la mesilla de la entrada una pinza para el pelo y un USB. Los meto también. Por si acaso. Ahora sí me siento medianamente segura para enfrentar lo que me espera allá afuera. ¿Montañas escarpadas e interminables desiertos?

Cualquiera diría que me embarco en una travesía de días y que no sé con qué puedo encontrarme en el viaje. Sin embargo, en realidad no es nada difícil saber con qué voy a encontrarme cuando recorro exactamente el mismo camino cada día y sobre todo cuando no voy a ausentarme de casa más que dos horas para ir a clase. Pero no me gusta determinarme. Me gusta pensar que, si repentinamente me invitan a escalar el Annapurna, tendré conmigo todo lo necesario.

Es habitual querer controlarlo todo, querer llevarlo todo en la mochila, no pertenecer a ningún sitio y querer meter la casa en el bolso y, si cabe, en el móvil. Atemoriza encontrarse en una situación de falta y se anticipan las propias necesidades casi de forma enfermiza. Se vive pensando en un eterno “por si acaso”. Es la ambigüedad propia de quien teme definirse, porque piensa que si se moja no podrá jugar a otra cosa.

Falta madurez para comprender que la vida se trata de esto: de tomar decisiones que determinan y limitan y que más de alguna vez llegará la situación de necesidad. Y que no pasará nada. De asumir esto, se viviría con más tranquilidad, sabiendo que no se encontrarán dragones. Que aunque consuele la palabra “precavidos” quizás signifique “indefinidos”. En lugar de decir “nunca se sabe”, se sabría y se llevaría lo que lleva quien en breves volverá a casa. También los bolsos pesarían menos. Aunque solo fuera por eso, valdría la pena hacer el cambio.

Los hombres de principios

Viniendo de un país tercermundista donde la política es una broma y la frustración es el sentimiento ciudadano más común, paso mucho de mi tiempo pensando en qué es lo que buscamos en un candidato político. Respecto al reciente debate sobre el aborto en España muchos españoles que concedieron su voto a Rajoy se sienten traicionados porque el Presidente está dispuesto a cambiar su posición frente a un asunto por conseguir atraer más votos. “No es un hombre de principios”, dicen algunos, y yo me pregunto: ¿Qué principios? ¿Los míos? ¿Cuáles son mis principios? ¿Es que acaso vivo de acuerdo a una selección de máximas que me dictan cómo actuar frente a todas las circunstancias? ¿Tengo claros cuáles son esos principios que se supone busco en un candidato?

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La verdad es que la respuesta a la mayoría de estas preguntas es no. No busco alguien que sepa de antemano cómo actuar frente a cualquier situación que se le presente, no busco alguien que tenga las respuestas antes de que se le plantee la pregunta. Y pienso que eso es parte de lo que genera frustración en los votantes de hoy en día: queremos un candidato que se aferre estrictamente a su programa de gobierno, y sin embargo no tomamos en cuenta que eso no daría paso a una verdadera deliberación y discusión sobre los asuntos que se presentan. Un programa es una guía, pero que debe comprenderse como limitada ante la siempre sorpresiva realidad de la vida social y política.

Entonces, ¿qué es lo que quiero en mis representantes en la vida pública? Me parece que lo que busco es tan sencillo y a la vez tan complicado como alguien que actúe como actúa porque cree que es lo correcto, porque lo ha pensado y considera que tiene razones suficientes para comportarse del modo en que lo hace. En pocas palabras, alguien con honestidad consigo mismo. En el caso de Rajoy el problema es que conseguir más votos no parece ser una buena razón para actuar del modo en que lo hizo, y por eso nos molesta.

A eso me parece que nos referimos cuando exigimos hombres “de principios” en la política. No se trata tanto de fallar a una promesa electoral como de fallarse a su propia coherencia. Por mi parte, yo no voto a alguien para que represente públicamente todo lo que yo quiero, como si fuera una especie de máquina altavoz que necesariamente debe actuar y decir como yo lo haría. No, yo aspiro a votar por alguien que piense por sí mismo y que cuando actúe lo haga por razones rectas, porque cree que es lo mejor hacerlo así. Alguien que de razón de sus acciones y sea capaz de explicarlo. Por eso, a Rajoy no le recrimino la decisión sino las razones por las que tomó la decisión. Es verdad que tampoco estoy de acuerdo con la decisión pero la sensación de engaño proviene de la falta de coherencia del político como persona, no confío en él como persona que actúa por razones válidas y que beneficien a alguien más que a él, y por tanto no puedo confiar en él como persona que tome las decisiones para gobernar el país. Me parece que a esto nos referimos cuando exigimos una persona de “principios”: no alguien que tenga estos o aquellos principios morales, sino alguien que es capaz de poner sus propios principios por encima de su beneficio inmediato.

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Hacer del amor algo absoluto

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No sé mucho del amor y creo que tampoco sé mucho de la libertad. A decir

verdad, no sé mucho de nada. Sin embargo, lo poco que sé me ha hecho

renunciar a un anhelo, un anhelo que sé que es universal y potente: el

deseo de vivir libre de ataduras. Me corrijo: no he renunciado al anhelo, he

renunciado a ver mi anhelo saciado. Porque me he dado cuenta de que

buscar la libertad de las amarras, de sentirse totalmente independiente,

desligado, es irrenunciable a la vez que insaciable. Me he dado cuenta de que,

paradójicamente, no hay tal libertad; es un juego perverso de nuestro egoísmo

que no deja de pensar que las ataduras pueden soltarse, cuando en realidad

no puede hacerse otra cosa que atarse a buenos puertos.

He decidido que quiero querer con todo lo que soy. Y con esto me he dado

cuenta de que buscar el amor y a la vez buscar la independencia, es cortar

la mala hierba, cuánto más la cortas más crece.

Parece que quien ama renuncia a la independencia, pero es que en realidad

no hay tal cosa como la total independencia. Quien ama elige un vínculo, elige

una dependencia total de unas pocas ataduras, amarras fuertes y seguras,

que lo mantienen cerca de donde quiere estar, incluso si eso a veces significa

no poder visitar otras playas. Pero quien no ama, quien no quiere entregar la

libertad, vive atado a playas sucias y mezquinas, que no lo satisfacen pero de

las que tampoco puede escapar, y cuando logra huir lo hace solo para vagar

sin destino por las aguas, sin dirección… hasta encontrase nuevamente atado

a otro puerto en el que no quiere anclar.

Kierkegaard decía que “Cada vez que el análisis quiere asir el arcano del amor,

no percibe sino contradicciones”. Básicamente, el corazón es retorcido, es

complicado y necesita entregarse para realmente poder tenerse. Pero es aún

más retorcido si no decide entregarse a nadie, porque entonces se desparrama

y se desperdicia. Amar a alguien es una forma de hacerse frágil, de poner

todos los huevos en una canasta y decirle al otro: “esto soy yo y lo pongo todo

en ti”. Es el misterio de la confianza, de la entrega sin reservas que posibilita la

única libertad. El amor es sacrificio, es salir de sí para vivir en otro.

Quizás la única pregunta que quede pendiente es la del miedo: ¿vale la pena?

¿Vale la pena la entrega total, sin reservas, sin garantías? Supongo también

que la respuesta solo puede darla quien ya ha asumido el riesgo. “Escucha

bien, amor, lo que te digo pues creo que no habrá otra ocasión para decirte que

no me arrepiento de haberte entregado el corazón”, dice una canción y creo

que con ella lo dicen todos los que han temido la entrega por amor, todos los

que se han visto asaltados por la angustia de perderse en el proceso. Nadie

se arrepiente de amar. Al final, no solamente vale la pena, sino que es lo único

que vale la pena.

“Saber hacer del amor algo absoluto, delante de lo cual todo lo demás

pierda su valor, es absolutamente necesario.”

―Søren Kierkegaard

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Nadie quiere un amor

Todo lo que me gusta leer es un poco triste. Supongo que es decirlo es el primer paso en el proceso de aceptación. En los últimos meses me lo han dicho varias personas, con un tono ligeramente preocupado: “Todos los libros que te gusta leer son deprimentes”. Al principio pensé que era una exageración, que habían algunos libros que no eran tristes, pero luego pensé que verdaderamente muchas veces me gustan las cosas tristes. Tristes, pero no deprimentes. No deprimentes porque lo deprimente empieza cuando no se encuentra un sentido en la tristeza. La belleza del sufrimiento, de las perdidas no está en el puro sentir del dolor, los grandes escritores no hablan del sufrimiento por masoquismo, sino porque probablemente solo ahí hayan sabido encontrarse a ellos mismos, y esa es la única historia que vale la pena contar.

 

Entonces sí, me gustan los libros tristes porque me he dado cuenta de que “la creación es el milagro del paso por la negación”, y que una vida llena de optimismo vacío no tiene nada de vida y nada de verdadero optimismo. De que el verdadero entusiasmo, las verdaderas ganas de vivir, no vienen más que del enfrentamiento con quien uno es, y ese enfrentamiento no suele encontrarse en las historias sencillas y alegres, y que hasta los cuentos de hadas necesitan un villano. Y sobre todo me he dado cuenta de que hay libros tristes, que hablan del sufrimiento, del dolor, de la pérdida, pero por debajo de todo esto hablan de la posibilidad de una vida que incluya esto, de que el sufrimiento se autoimpone y la clave del verdadero optimismo no está en evitarlo sino en aceptarlo.

 

No quiero ser nunca una de esas personas que intentan enmascarar su desencanto por la vida en seriedad o falso intelectualismo, no quiero nunca llenarme de amargura creyendo que es realismo. Y sin embargo, no quiero tampoco dejar de defender las historias que aparentemente no tienen un final feliz. Porque en un libro a veces no importa el final feliz sino la buena historia. Porque no one wants a love, but a lovestory. Nadie quiere un amor fugaz, nadie quiere un solo un  final feliz, porque todos saben que cuando se trata de amor y de todo lo importante, no se habla de finales, sino de historias. Porque lo único que puede darle sentido al sufrimiento es el amor. Por eso no colecciono historias tristes, sino historias de amor.

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#Postureo: autenticidad involuntaria

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“A algunos hombres los disfraces no los disfrazan sino los revelan. Cada uno se disfraza de aquello que es por dentro”- G. K. Chesterton.

El postureo es apariencia. Es apariencia que revela más realidad que muchas otras acciones hechas con intención de honestidad.  No es tanto querer encajar ni tampoco es tanto “ser algo que uno no es”. No. A veces el postureo incluso coincide con la realidad de la persona. Pero es más bien la necesidad de visibilidad, de llamar la atención con la actitud del niño pequeño que tira de la camisa a su madre, la necesidad constante de atención, la exhibición. La crisis de intimidad.

La línea entre lo real y lo aparente se aparece difuminada. No solo desvela lo que uno realmente es sino sobretodo lo que uno quiere ser, y lo que uno quiere ser dice, a su vez, tanto sobre quién es realmente uno. El postureo no es más que esto: un disfraz bien elegido por toda una generación para manifestar sus más grandes ansias y sus más terribles miedos: el miedo a la soledad, el miedo a al “no encajar” y el miedo a ser diferente y sobre todo el miedo a pensar por sí mismos.

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Postureo es querer mostrar ser algo, y es así: los demás ven algo de ti, pero no es lo que tú quieres que vean. Nadie acepta que posturea, es siempre un reproche externo.

Postureo: acción humana motivada por la necesidad de atención y de encajar. Realícese en zonas de alta publicidad y preferiblemente tome una foto de su comida, sus zapatos o de usted mismo, pongale tres efectos y súbala a Instagram, Facebook o Twitter.

Por eso, a pesar de ser apariencia, el postureo no me parece tan malo, o mejor dicho me parece una consecuencia inevitable de nuestra generación. Porque no me parece que sea la expresión de un intento de engaño, de querer aparentar, sino más bien es la apariencia que surge de desear sinceramente ser algo que uno no es: guay, amiguero, original o lo que sea. Es un nuevo intento del fake it until you feel it. Es la expresión del profundo deseo de convertirse de eso que uno aparenta ser, del mismo modo que cuando era adolescente solo quería ponerme tacones para ver si así me convertía en mayor. En el fondo, hay un destello de creencia de que si, lo repetimos las suficientes veces y son la suficiente intensidad, terminaremos convirtiéndonos en eso que añoramos. Y supongo que esto tampoco es tan malo, todo depende de aquello que deseemos ser. Dicen si que si sonríes mucho al final acabas volviéndote alegre y supongo que si pones suficientes fotos con todo quien te encuentres por la calle en Facebook terminas siendo muy popular.

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Pero como todo, requiere esfuerzo y lo que habrá que ver es si aquello en lo que quieres convertirte, quizás inconscientemente, vale la pena. Si realmente quieres que sea eso lo que quieres ser. Porque aunque otros puedan ver a través del postureo  a tus verdaderas añoranzas, muchas veces somos nosotros quienes no las vemos. Con todo esto, solo me queda decir que quizás deberíamos hacernos un examen introspectivo a través de nuestras fotos en Facebook, Instagram y en nuestros Tweets: el nuevo temet nosce del siglo XXI.

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Para qué quiero el nuevo año

2014

Nunca he hecho propósitos por año nuevo. Me creo demasiado auténtica como para hacer los propósitos a la vez que los demás, pero lo cierto es que el año nuevo nunca me ha inspirado a querer cambiar de vida.  Cuando empiezo a ver en Facebook y en Twitter una retahíla de publicaciones sobre propósitos de año nuevo no puedo evitar pensar: “Pf. Postureo de Año Nuevo”:

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Por mucho que sea un año nuevo y lo celebremos como si fuera el último, seguimos siendo los mismos de siempre, arrastrando nuestra vieja vida, que no por vieja mala del todo. Nada de vida nueva. Mi misma vida que huele a mí y con los defectos con los que ya me he encariñado. Las  mismas manías que son tan mías que ya hasta me parece que otorgan personalidad. Los mismos miedos y las mismas cosas a las que me aferro desde hace 22 años.

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Pero detrás de todo esto lo que más me preocupa por estas fechas ya no es solo la nostalgia del año que se va ni el olor a cuaderno nuevo del que se nos viene encima sino que entre este caos sentimental no puedo evitar preguntarme: ¿para qué? ¿Para qué quiero yo un año nuevo? Si todos los años se van a acabar, ¿para qué uno más? ¿De qué me sirve, qué tengo yo que ver con este nuevo año?

Y es que me dan unas ganas terribles de decir que me da todo igual y que “soy así” y darme la vuelta airosa y olvidarme pero para qué engañarnos, como buena mujer soy complicada y no me da igual casi nada. Alguien me dijo una vez, entre mis intentos por parecer despreocupada y mis “me da igual, de verdad” que en realidad no me daba igual, que me daba igual para nada sino que más bien no quería enfrentar la elección. Y realmente es así, me da tan poco igual que temo desesperadamente la elección, temo la responsabilidad y al decir: “me da lo mismo, decide tú” es mi último intento  por achacarle la responsabilidad a otro. Aunque tan solo sea por decidir qué comer.

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Supongo que al principio he sido un poco dura al juzgar a quienes hacen propósitos de año nuevo, al menos ellos saben para qué quieren este nuevo año. Y aunque quizás no concuerde con los propósitos: bajar de peso, ser mejor persona, ir a la luna y otras vaguedades parecidas, esto revela que, en el fondo, ellos saben que el año nuevo se quiere para vivir más. Para ser más libres y, como no se es libre en general, para tomar decisiones. No podemos huir de ello, es la única manera de ejercer nuestra libertad y de hacernos a nosotros mismos. Porque somos seres inacabados e incompletos, con una tarea estética por delante.  El año nuevo significa esto: el caer en la cuenta del hombre de la tarea que su vida supone para sí mismo.